'A la gloria no se llega por un camino de rosas'

'A la gloria no se llega por un camino de rosas'

Mañana se cumplen 35 años de la muerte de un gigante de la dirección técnica: Osvaldo Zubeldía.

16 de enero 2017 , 12:03 p.m.

“No hubo ayer en la Tierra ciudad más feliz que La Plata”…

Tal fue un recordado y feliz titular de portada del centenario diario ‘El Día’ en su edición del 17 de octubre de 1968, acorde con la épica que el momento exigía. Al filo de la medianoche anterior, Estudiantes había hecho cumbre en el Everest futbolístico: campeón del mundo en Inglaterra, frente al célebre Mánchester United de Bobby Charlton, Nobby Stiles, George Best, Denis Law… Inglaterra venía de consagrarse en el Mundial 66, y el United era amplísimo favorito para coronarse ante un pequeño e ignoto equipo que sorpresivamente había ganado la Copa Libertadores. Tan favorito que cuando finalizó el cotejo de ida, en cancha de Boca, con el triunfo estudiantil por 1 a 0, los jugadores ingleses se abrazaban satisfechos, casi sonrientes. Era una derrota mínima y estaban seguros de cocinar a Estudiantes en la caldera de Old Trafford. Pero en una noche de lluvia y barro, Juan Ramón Verón (¡cuando no…!) adelantó al cuadro albirrojo con un cabezazo cruzado apenas a los 7 minutos de juego. Y el Mánchester, pese a machacar sin pausas, apenas pudo igualar en uno al minuto 90.

En el museo del Mánchester está el pizarrón donde Osvaldo escribió para sus jugadores, antes de saltar al campo, esa frase que se inmortalizó: “A la gloria no se llega por un camino de rosas”. Defendía a sus jugadores como un león a sus cachorros, pero extraía de estos hasta la última gota de sangre en el campo.

Fue el punto culmen de un club, de un excelente grupo de jugadores y, sobre todo, de un personaje excepcional llamado Osvaldo Juan Zubeldía, la piedra basal de aquella gloria. Era un hombre sencillo y modesto, desde la ropa hasta el vocabulario, pero con una inteligencia notable y una aguda astucia barrial. Adelantó los tiempos de la dirección técnica, innovó, creó una escuela. Estudiantes era un club sin historia que vivía peleando el descenso, año tras año. Contrató a Osvaldo en enero de 1965 con la premisa de evitar la pérdida de categoría. Y se unieron los planetas: el genio de Zubeldía y la promoción de unos jóvenes que integraban “La Tercera que Mata”: Poletti, Aguirre Suárez, Malbernat, Pachamé, Eduardo Flores, Verón. Y estaba en el club un preparador físico que había sido una figura del atletismo y que utilizaba métodos revolucionarios: Jorge Kistenmacher.

Zubeldía fue quitando la maleza. El primer año Estudiantes salió 5.º; el segundo bajó al 7.º puesto, pero ya tenía el equipo, y en 1967 dio un golpe formidable: ¡campeón! El primer cuadro chico que lograba tal laurel en la historia del fútbol argentino. Un equipo que no jugaba lindo ni ganaría nunca el premio Fair Play, pero era ultratáctico, físico, trabajaba los partidos, no daba ventajas, corrían todos como demonios, aprovechaban cada circunstancia del juego, marcaban, obstruían, metían pierna fuerte, ensuciaban el juego, provocaban, hacían tiempo y sacaban ventaja de todo. En suma: inaguantables.

Las críticas al juego estudiantil fueron feroces. Y duran hasta hoy, medio siglo después. Se lo llamó el ‘Antifútbol’. Con esa receta llegó lo más reconocido: tricampeón de América 68-69-70 y campeón del mundo. Pero también con trabajo: en tiempos en que se entrenaba poco y se dejaba casi todo librado al talento individual, Estudiantes impuso los entrenamientos en doble turno, concentraciones largas, jugadas preparadas, estudio del rival, planificación hasta el último detalle.

Debutó en Libertadores ante Independiente en 1968. Un novato frente al Rey de Copas. Debieron jugar cuatro partidos y en los cuatro venció Estudiantes. Los hinchas rojos, de paladar fino, maldecían las tropelías estudiantiles, pero no veían que además era un equipo terrible.

Hincha de River fanático (“De chico llegué a llorar por River”, confesó una vez), Zubeldía nunca pudo darse el gusto de dirigir a la Banda; en cambio, una tarde le hizo tres goles a Amadeo Carrizo jugando para Vélez. Y después lo fichó Boca. Ya mostraba en la cancha sus cualidades como organizador y pensador del juego. Tanto que en 1960 marcó un récord muy extraño: jugaba en Banfield en Primera B y dirigía a Atlanta en la A.

—En 1958 quedé libre de Boca y firmé para Atlanta. Ahí tuve la suerte de conocer a quien inició la revolución del fútbol argentino: Adolfo Mogilevsky. Él me convenció de algo capital: trabajando se llega.

Después de haber cambiado la historia de Estudiantes, de imprimirle una mística ganadora, dejó otra estela en San Lorenzo, también campeón, y finalmente recaló en el que sería su segundo gran amor: Atlético Nacional, al que también ayudó a hacerse grande con dos estrellas. Dejó decenas de entrenadores que recogieron su testimonio, el amor eterno de dos hinchadas y un cúmulo de frases y enseñanzas imperdibles. Como estas para sus colegas:

* “Piensa siempre que el jugador te puede fallar mil veces, pero tú como técnico no le puedes fallar ninguna”.

* “Cuando el día del partido ellos vayan a cambiarse al vestuario, es mejor que estés metido ahí”.

* “Trata siempre de persuadir al jugador y no de imponerle tus órdenes. Así siempre lo tendrás contigo”.

* “Intenta ser siempre amable con él. Si debes reprenderlo, que sea en el momento oportuno”.

* “Siempre tendrás problemas con los jugadores, pero es importante que ellos sepan que tú mandas en el equipo”.

* “Ten muy en cuenta que cuando en las prácticas se empieza a hablar de premios o deudas, ese entrenamiento no sirve para nada”.

* “No marees al jugador con tanta charla. Debes ser concreto y conciso”.

* “No vayas al campo de trabajo con improvisaciones. Debes demostrarle al jugador que eres ordenado y organizado”.

* “Al jugador hay que hablarle siempre, explicarle las razones de cada determinación”.

* “Revolucioné el fútbol colombiano porque acabé con la siesta. Acabé con los desayunos fuertes y los almuerzos prolongados. ¡A la cancha! A trabajar mañana y tarde”.

* “Vamos hacia un fútbol cada vez mejor. Todos los equipos alcanzarán el nivel táctico-estratégico. Cuando se llegue a eso, el desequilibrio lo impondrán los buenos jugadores. Se terminará el fútbol estático, los puestos fijos, todos van a tener que saber jugar de todo”.

Llegó a amar a Medellín. Allí había encontrado su lugar en el mundo. En vacaciones volvía a Junín, su ciudad natal, para quedarse un mes entre amigos y familiares. Pero a los quince días ya se quería volver a Colombia. La muerte lo tomó de sopetón. Rezumaba sabiduría y recién tenía 54 años. Mañana se cumplen 35 años. Los hinchas de Estudiantes y de Nacional nunca lo olvidan. Los contrarios tampoco.

JORGE BARRAZA

Columnistas

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