Soñar y luchar

Soñar y luchar

Deberíamos estar de pie frente a la Corte Suprema y el Congreso exigiendo renuncias y explicaciones.

21 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Hoy me despido, no sé por cuánto tiempo, aunque espero que no sea demasiado, del privilegio que representa tener la posibilidad de expresar mis opiniones y análisis en un periódico como EL TIEMPO. Claro que también hago una pausa en la penitencia que acarrea dicho privilegio porque, si bien a los columnistas de prensa no nos exigen la prueba judicial de todas nuestras valoraciones y puntos de vista, escribir para este diario implica, por sobre todo, una gran responsabilidad.

Exige aspirar siempre a decir algo que valga la pena, demanda la búsqueda y el análisis constante frente a una realidad compleja, atiborrada de información de toda clase, en especial cuando se trata de una columna política o de análisis. Pero, además, obliga a la honestidad intelectual, así no convenga o no sea mayoritaria, más cuando pululan los comentaristas que llamaría del espectro populista o indignado, que acuden al expediente fácil de alinearse con lo que se presume es la circunstancial mayoría. Por si fuera poco, claro que el columnista debe ser crítico, mordaz si se quiere, pero no un crítico de oficio, y, por supuesto, huirle a la lisonja.

Así, antes que una prerrogativa, la columna termina convirtiéndose en un desvelo del que, sin embargo, es difícil desprenderse. Por eso agradezco a don Roberto Pombo y a don Ricardo Ávila por haberme albergado durante cuatro años, y a don Luis Noé Ochoa y Diana Hernández por la gran ayuda y paciencia que me tuvieron.

Me despido de la columna con el entusiasmo que me provoca la generosa invitación del procurador general de la Nación, Fernando Carrillo, a acompañar su gestión y el inmenso reto que tiene de luchar contra la corrupción. Un hombre que tuvo la oportunidad de mantener una exitosa carrera en el extranjero, pero que no dejó un solo día de pensar en regresar a su país, como nos ha ocurrido a varios, a pesar de lo difícil que es volver a Colombia. Un país del que aún no me cabe en la cabeza que sea más fácil irse que regresar.

Sería más tolerable la restricción de opinar y analizar que impone la función pública si Colombia no fuera el país con tales paradojas. Si no fuera el país que se cabrea por la corrupción de muchos de sus jueces y magistrados, pero no que se moviliza para exigir renuncias. Y sucede al contrario: un senador confiesa abiertamente por lo menos la comisión de un delito, pero sigue libre y orondo. Esta es la hora en que el país debiera estar de pie frente a la Corte Suprema de Justicia y al Congreso exigiendo renuncias y explicaciones a los involucrados en el mayor escándalo de corrupción judicial en la historia de Colombia.

Un país “hastiado” de la corrupción, pero al que le meten los dedos en la boca cuando millones de sus ciudadanos firman supuestas estrategias de lucha contra la corrupción que no son más que inanes eslóganes de campaña política. Un país “fastidiado” de la corrupción que se contenta con tasas de desempleo del 9 o 10 por ciento, cuando el pleno empleo es la única fórmula para luchar contra dicho azote; que suelta a los criminales porque no ha tomado la decisión de construir cárceles.

Debemos soñar y luchar porque nos merecemos un país mejor, pero tampoco podemos olvidar que el engaño se ha convertido en un valor de cambio muy arraigado en nuestra sociedad

Un país que, si bien ha logrado progresos importantes en los últimos 15 años, no estoy seguro de que sean sostenibles, especialmente en lo económico, donde seguimos dependiendo de la exportación de pequeñas cantidades de bienes primarios y minero-energéticos, y llenos de cultivos de coca a la espera del próximo grupo armado ilegal que desafíe al Estado.

Debemos soñar y luchar porque nos merecemos un país mejor, pero tampoco podemos olvidar que la chabacanería, la informalidad y el engaño se han convertido en un valor de cambio muy arraigado en nuestra sociedad que destruye el tejido de la confianza pública y la esperanza de vivir mejor.

JOHN MARIO GONZÁLEZ

Columnistas

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