Monstruo de mil cabezas

Monstruo de mil cabezas

Daremos palos de ciego contra la corrupción hasta sincerarnos en que es un problema de una sociedad con un bajo umbral ético.

11 de enero 2017 , 11:21 a.m.

Sí, de acuerdo. Estamos mamados del clientelismo y la corrupción de la política tradicional. Estamos completamente hartos de Nules, de Morenos, de anuncios de investigaciones como la de Saludcoop y de la Dirección Nacional de Estupefacientes que no llevan a ningún lugar, de funcionarios como los de la Contraloría de Bogotá, recientemente descubiertos por la extorsión a un investigado. De casos como el de Odebrecht, en el que esperamos que el fiscal Néstor Humberto Martínez, que hace una gran tarea, no proceda con exculpaciones apresuradas, sino que pida la colaboración del Tribunal Supremo de Brasil, en donde los asesores de campañas Joao Santana y Eduardo ‘Duda’ Mendonça están “cantando”. Que también pida colaboración al Departamento de Justicia de Estados Unidos y a la oficina del Fiscal General de Suiza, en donde los funcionarios de la constructora en Panamá, Fernando Migliaccio y André Rabello, están asimismo delatando.

Por eso, y muchísimo más, uno de los temas que coparán la agenda y el debate público de este 2017 será el de la lucha contra la corrupción. De hecho, con dicho tema, ya la precandidata de la Alianza Verde, Claudia López, comenzó a agitar el debate. Me temo, sin embargo, que corremos gran riesgo de continuar dando palos de ciego en esa lucha mientras tengamos un erróneo o impreciso concepto de la corrupción. Decía hace pocas semanas el exministro Alfonso Gómez Méndez que “la corrupción es política… El germen de este flagelo está en el sistema político… De nada sirven las normas si, vía clientelismo, el Estado se les entrega por jirones a políticos que no siempre piensan en el interés general. ”La misma precandidata López, en un lenguaje a lo Robin Hood, dice que “nos roban los políticos corruptos, su círculo de contratistas o empresarios elegantísimos que evaden impuestos”, y así sucesivamente se pudieran citar muchos ejemplos. Si queremos frases de cajón para la galería, votos o aplausos, podemos hasta decir que lleven a la horca a los políticos corruptos, como en China.

Pero el problema es que el uso indebido de un cargo público para beneficio propio, el clientelismo o el desvío de recursos públicos es apenas una de las facetas de ese monstruo de mil cabezas que carcome a esta sociedad. ¿Acaso no es corrupción cuando los taxistas tumban a los pasajeros, las falsas víctimas o los aprovechadores del Sisbén tumban al Estado, los policías protegen a los jíbaros, muchos jueces y magistrados amañan sus providencias, guardianes en las prisiones se dejan comprar, abogados se coluden con sus clientes, como lo ha denunciado igualmente el fiscal Martínez, y hasta los conductores de bus se quedan deliberadamente con los 50 o 150 pesos del cambio en Bogotá? ¿Acaso no es el germen del clientelismo y la corrupción cuando el primer saludo de los humildes o encopetados habitantes de un pueblo ante la visita de un político independiente o tradicional es “qué va a dar”?

Por supuesto que la corrupción de los políticos hay que atacarla, y con todo, pero ¿quiénes son los políticos? ¿Será que contamos allí a los cerca de 12.000 concejales que hay en el país, a los 420 diputados, a los 1.102 alcaldes y a miles de manzanillos que les consiguen votos? El problema de fondo es que la corrupción está impregnada en toda la sociedad, una sociedad con un umbral ético muy bajo, en el que se impone la cultura del atajo y el todo vale. Y hasta que al problema no lo comencemos a llamar por su nombre, hasta que al menos los candidatos presidenciales no le digan la verdad a la sociedad, estaremos simplemente tirándonos la pelota unos a otros.

Hablamos de una sociedad en donde anida con facilidad la corrupción porque la precede lo que el reconocido sociólogo estadounidense Robert Putnam, al estudiar las diferencias de desarrollo entre el norte y el sur de Italia, definiera como la falta de compromiso cívico y de asociacionismo, y además con una concepción muy particular de la individualidad. Se cree, en general, que nuestro compromiso como ciudadanos opera desde la puerta de la casa o del apartamento para adentro. Se puede estar cayendo la calle a pedazos y la gente poco interviene porque dizque eso es responsabilidad del Gobierno o del Estado, pero claro que no son pocos los tentados a considerar el presupuesto público como propio.

John Mario González
@johnmario

Columnistas

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