El acierto con Venezuela

El acierto con Venezuela

Gobierno no puede morder el anzuelo de Maduro o de los uribistas que quieren pescar en río revuelto.

05 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Es claro que la favorabilidad del presidente Santos no levanta cabeza, su gobernabilidad es cada vez más escasa y su táctica del consenso hasta el último detalle lo hace lucir taimado y preso de las clientelas políticas. Como también es claro que el financiamiento ilegal a sus campañas políticas y las bochornosas sumas de contratos de su exgerente de campaña, Roberto Prieto, con entidades del Estado le han dado un golpe a su legitimidad, situación sobre la que el país espera una categórica decisión de la Fiscalía.

Pero una cosa es eso y otra que el odio de amplios sectores uribistas y oposicionistas hacia Santos sea razón para arrastrar a su gobierno y su canciller, María Ángela Holguín, a una postura belicosa y estrategia equivocada hacia Venezuela. En otras palabras, el manejo de la relación y la crisis con Venezuela ha sido plenamente acertado, y el rasero con que se mide no puede ser el mismo de Maduro, ni el de la inquina uribista hacia Santos ni tampoco el nivel de aprobación de su gestión.

De entrada, mientras que Santos juega a sobreaguar para terminar su mandato con relativa tranquilidad y que el escándalo del financiamiento no afecte sus planes internacionales como exmandatario, Maduro se juega sus restos, la posibilidad de terminar en la cárcel, el exilio o una tumba. Es la misma suerte que se juegan el vicepresidente Tareck El Aissami; el expresidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello; el Ministro de Defensa, Vladimir Padrino; el de Educación, Elías Jaua, y no menos de mil altos cargos del Gobierno y el Estado venezolano, entre ellos, el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno Pérez, con un reconocido prontuario criminal.

Sin duda, Colombia es el país que más tiene qué perder con el agravamiento de la situación en Venezuela.

La exigencia para que Colombia lidere la condena internacional al gobierno de Maduro por todas las tropelías cometidas sería más que conveniente si de allí se derivara la caída del régimen o si se tuviera la bola de cristal para saber que su implosión es cuestión de semanas. Pero no solo es ingenuo pensar que una condena internacional puede hundir ese régimen, sino que suena a chiste que la OEA aprobara esta semana una declaración según la cual le preocupa la alteración del orden institucional y democrático en Venezuela.

¿Acaso no ha habido un golpe de Estado continuado desde que Chávez le usurpó en 2009 los recursos y competencias al alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, o desde que Maduro suspendió el referendo revocatorio y las elecciones de gobernadores que debían realizarse en diciembre pasado? Y es que ni la Carta Democrática tiene dientes, ni la OEA va a organizar una intervención militar para el restablecimiento de la democracia en Venezuela ni fue su misión la que tumbó al régimen de Fujimori en el Perú en el 2000. Eso cuando no sucede lo de Cuba, y es que una oleada de gobiernos de izquierda pide su readmisión, a pesar de mantener incólume su estructura dictatorial.

Sin duda, Colombia es el país que más tiene qué perder con el agravamiento de la situación en Venezuela. Desde el aumento del tráfico de drogas y armas a través de una extensa y porosa frontera que pueden exacerbar conflictos, como el del Catatumbo, hasta el riesgo por los costos económicos y las tensiones que pueden generar poblaciones desplazadas, como en Siria con los refugiados iraquíes en el 2007. Pero Colombia también es el país que más puede ganar con un cambio de fondo en Venezuela, como la recuperación del comercio binacional y la cooperación en la lucha contra los grupos delincuenciales y el Eln, como en su momento ganó España cuando Francia comenzó a cooperar en la persecución a Eta.

Por eso mismo se impone la toma inteligente de decisiones y no la torpe estrategia del deseo. Lo que menos puede hacer el presidente Santos o su canciller es morder el anzuelo de Maduro o de la oposición uribista, por llamativo o popular que parezca, porque no quieren otra cosa sino que se arme un berenjenal para pescar en río revuelto.

JOHN MARIO GONZÁLEZ

Columnistas

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