Legalizando lo ilegal

Legalizando lo ilegal

Las rentas ilegales están sólidamente articuladas con los negocios legales.

12 de febrero 2018 , 12:49 a.m.

Según la fiscal nacional contra el crimen organizado, Claudia Carrasquilla, fue desarticulada una banda que lavó activos por $ 219.000 millones para el ‘clan del Golfo’ y que operaba en las ciudades de Medellín y Bogotá. Esto demuestra que estamos ante toda una empresa criminal organizada y no ante una simple agrupación de combos y bandas que merodean por las comunas citadinas.

Hemos afirmado en columnas y análisis de opinión que resulta clave luchar contra todas las estructuras de la mafia y el crimen en sus diversos frentes, como lo vienen haciendo las autoridades; pero mientras no se golpee su base económica, toda labor contra estas será insuficiente. Se trata de uno de los negocios más productivos del mundo: no paga tributos ni se enreda en burocracias gremiales y estatales; además, supo articular las rentas ilegales con la economía formal. Una osadía imposible para los integrantes de los combos o bandas, pero fácil para unos actores enquistados en los sectores empresarial, financiero y comercial. Actividad próspera, incluso en el exterior.

Hace algunos meses, el presidente de la textilera Fabricato advertía que la crisis que soporta su empresa se debía principalmente al lavado de activos y al contrabando. En igual sentido se pronunció el director de Inexmoda el año pasado. Solo en algunos centros urbanos el contrabando sobrepasa la economía formal. La mercancía ingresa con papeles legalizados desde los mismos puertos, a pesar del esfuerzo de la Dian por impedirlo.

Esta empresa criminal opera, en algunas ciudades, en forma piramidal: en la base, las estructuras delincuenciales; en el medio, los jefes mafiosos, y en la cima, los enlaces encargados de la legalización del dinero. Con desinterés de algunas autoridades por desentrañar la enmarañada cúspide. Con algunos empresarios, comerciantes y financistas reacios al tema, que tampoco colaboran con las autoridades, aunque son conscientes del alcance ilegal de esa economía. Ellos también se distraen buscando el problema en la base de la pirámide o en los mandos medios y altos, y desoyendo las voces de alerta que proliferan.

El dinero producto del contrabando, la extorsión, las vacunas, el secuestro, el narcotráfico y sus diversas variantes no duerme bajo los colchones de los jefes mafiosos, sino que gran parte está invertido en empresas y actividades económicas o mezclado con los negocios legales.

Ahora bien, el incremento o disminución de los crímenes depende de las exigencias de la expansión de tales rentas, no tanto de pactos de fusil o de captura de jefes criminales, sin desconocer su impacto. Lo de fondo aquí es la capacidad de movilidad que puede lograr en la economía del país o en algunos de sus sectores. Una arista del problema: existen adecuados planes de ordenamiento territorial, pero la empresa criminal ejerce pleno control sobre los usos del suelo. Sucede con gran parte del sector inmobiliario y de propiedad raíz de las grandes ciudades.

Se trata de un problema estructural heredado del imperio de los carteles de la droga, cuya influencia define el rumbo de la política y la economía del país. Es difícil ejercer controles si desde la misma economía legal, permeada por esos capitales ilegales, se financian muchas campañas electorales, sin necesidad de mostrarse haciendo aportes directos.

La comprensión del fenómeno deja claro que aunque las autoridades propinen golpes significativos al crimen organizado, este se reproduce sin límite. Además, quienes deberían colaborar decididamente en la persecución de las rentas ilegales y el lavado de activos permanecen indiferentes. Bien podrían aprovechar la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) para acabar con esta alianza que fortalece la cadena mafiosa, para legalizar esos dineros, los cuales servirían para reactivar la economía y hasta para pagar la deuda social contraída con las víctimas del conflicto armado. De paso, se impediría el retorno a los tiempos de la guerra que muchos añoran y que alienta algunas posiciones opuestas a los acuerdos de paz.

JAIME FAJARDO LANDAETA
jaimefajardolandaeta@gmail.com

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