Fiesta del pueblo

Fiesta del pueblo

Fue en el Caribe colombiano donde el carnaval pueblerino asombró a Botero. Fue en Tolú, Sucre.

10 de diciembre 2017 , 11:56 p.m.

Fernando Botero le mete mano al carnaval, pero, como él mismo dice, no al carnaval fastuoso estilo Brasil o Gran Parada, rico en comparsas elegantes y disfraces luminosos, sino al carnaval de los pobres, a ese que llaman en los pueblos carnavalito, y explica: “Ese de: hoy es día de carnaval y nos vamos a disfrazar todos”. Ponte el saco al revés, pienso yo, unos bigotes puntiagudos, una peluca o enfúndate un capuchón con una varita en la mano para espantar molestosos.

Hermano del circo, surge del lienzo el carnaval austero y liberador de Botero, habitado por gente amplia que al ponerse el disfraz se lo quita. Ahí están la saporrita enmascarada, el diablo de Riosucio, el mismísimo hombre caimán, que porta una bandera nacional. “No pinto gordos. Lo que pasa es que tengo una fascinación por los volúmenes”.

Una vez en un parque, de Ciudad de México, creo, Botero hacía bocetos en una libreta y dibujó una guitarra. De pronto, en lugar de dar a la boca un tamaño proporcional, la marcó apenas con un puntico y el cuerpo de aquella guitarra se inflamó. Efecto de la reducción del agujero acústico, todo el instrumento se esponjó. Eso me dijo. Ahora el pintor no puede expresarse sino así, sin darse cuenta, deformando siempre.

Pero fue en el Caribe colombiano donde el carnaval pueblerino asombró a Botero. Fue en Tolú, en el departamento de Sucre, donde fue impactado ese creador por las carnestolendas. “Hice una serie de cuadros con la idea de que hay gente que está disfrazada, con una máscara o totalmente, y, al lado, gente que está ahí como mirando”.

La breve frase del artista colombiano sintetiza las dos caretas de nuestra fiesta popular: por un lado, los que se disfrazan y viven el carnaval y, por otro, los miembros de la familia Miranda, los turistas, locales o extraños, propios y extranjeros que lo observan, como la gente que asiste curiosa a los palcos de las corralejas. Para ver vivir o para ver morir. Enorme diferencia entre ser actor y ser espectador.

Lo dije y lo repito. Ha pasado más de medio siglo, y sé que no podré olvidar jamás el ritual de mi primer disfraz de vaquero ni el asombro que de niño me causaron aquellas multitudes disfrazadas en el paseo de Bolívar y a todo lo largo de la Batalla de Flores, donde me llevaron mis padres con otros padres y pequeños del barrio, para que viviéramos la fiesta mientras teníamos, eso sí, mucho cuidado de que no nos robaran el sombrero ni las pistolas. Recuerdo, entre tantas cosas, que uno de mis ejercicios de observación con otros pequeños de la cuadra era señalar a las personas que no lucían un elemento esencial de carnaval: un capuchón, una máscara, una capa de trapo o de anilina, un maquillaje grotesco. Había entonces tanta gente disfrazada observando los eventos que hubiera sido factible cambiarla de lugar con la que desfilaba, sin modificar un ápice ni el colorido ni el sentir de aquel desorden.

Más de veinte años después, hoy treinta años atrás, filmé con otros amigos mi primer documental, ‘Ay, Carnaval’, movido no por el deseo de convertirme en director de cine sino por una angustia insobornable, aquel temor atávico y repetido por tantos años no a que me siguieran robando las pistolas, sino a que me despojaran o a que se me fuera disolviendo en la memoria aquella colorida, abigarrada y primitiva noción de carnaval.

El arte, dice Botero, es para dar placer a esos que observan, excepción hecha de los cuadros negros de Goya y de la pintura de Grünewald, por ejemplo. En todo caso, el artista de carnaval es, en consecuencia, el que se disfraza. El que haciéndose arte se muestra ante el otro, ese condenado a seguir siendo el consumidor de siempre.

HERIBERTO FIORILLO

Columnistas

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