El idioma que somos

El idioma que somos

Nos adaptamos con gusto a la nueva colonización de la tecnología. ¿Qué tal verbos como 'guglear' o 'linkear'?

28 de noviembre 2016 , 01:43 a.m.

Cuando niño me asombró el letrero que portaba orgulloso un viejo camión de mudanzas: ‘M 109 cito’, decía el vehículo, y aquel artilugio me llevó a seguir escudriñando con curiosidad los distintos vericuetos de nuestro idioma.

Entendí entonces aquel fenómeno al que llamaban apócope, una especie de síntesis o de código resumido que las personas utilizamos para intercambiar información con rapidez.

En la comunicación de redes parece reinar el hablante, creador libre que por rapidez niega, omite, improvisa y transgrede la morfosintaxis establecida. En esa comunicación veloz, la palabra ‘siempre’ se escribe 100pre, ‘hace’ es ac, ‘aquí’ solo es aki, ‘amor’ no necesita la o y resulta amr, ‘ahora’ ignora la h, bn es ‘bien’, ‘besos’ se vuelven bss; ‘dedos’, apenas d2; ‘cuéntame’ se escribe kntm y, acudiendo a la fonética, ‘estar bravo’ resulta grrr, como ‘dormir’ es zzz... ¿Qué vendrá después? ¿Todo esto evolucionará en idioma?

En procesos de mutilación así, en aras de la inmediatez, la aplicación de ciertos signos se vuelve perentoria. Mi mujer es de apellido Muñoz, pero debemos escribir Munoz para comprar un boleto de avión por internet, porque los sistemas de computación de las aerolíneas no aceptan la virgulilla de la eñe.

Ya es histórica la lucha que tuvo que dar España para que todos los sistemas de computación respetaran, incorporaran y usaran la ñ en su territorio. No tan exitosos han sido el respeto y la incorporación de otros elementos del castellano en los teclados de la tecnología cotidiana: los signos de admiración (¡!) e interrogación (¿?), por ejemplo, que hoy casi nadie en castellano usa al abrir las frases, imitando a los del idioma inglés, apenas al cierre de estas.

Con 450 millones de hispanohablantes en el mundo, no es que las redes sociales o el internet destruyan el castellano, pero sin duda lo colonizan y transforman. El idioma es hoy reflejo de la globalización, una forma “democrática” de llamar al dominio cultural ejercido por los pueblos más poderosos, en este caso angloparlantes.

El fútbol y el béisbol llegaron hace tiempos con su lenguaje anglosajón. Por eso decimos ‘offside’ en lugar de fuera de lugar y aceptamos ‘corner’ como tiro de esquina; o comentamos el ‘wild pitch’ o terminamos castellanizando el ‘home run’ como jonrón. Nos adaptamos con gusto a la nueva colonización de la tecnología. ¿Qué tal verbos como ‘guglear’ o ‘linkear’?

Nuestra generación comprende los cambios. Sabemos que la leche viene de la vaca, aunque la compremos en el supermercado, pero nuestros nietos quizás no. Y si nosotros, los viejos de la tribu, no les contamos a tiempo, ellos tal vez crezcan asumiendo que la leche es, en efecto, producida en el supermercado.

Los niños sienten menos extraños los extranjerismos porque crecieron con ellos o estaban aquí en uso cuando arribaron. Si en el pasado se encuentran los orígenes de nuestra cultura, somos los mayores quienes debemos recordar a las nuevas generaciones de dónde provienen; dónde, cómo y por qué se inician los procesos que generan los valores y los productos “normales” del presente. Hasta dónde lo que parece nuestro no lo es, hasta qué punto ha sido nuestro aquello que usamos hoy como propio o ajeno.

Por eso son tan importantes la lectura, la Historia, las historias, el conocimiento y la transmisión de este. Claro que por ignorar cosas así “no va a pasarnos nada”. Como hasta ahora, que nada, al parecer, nos ha ocurrido y seguimos creyendo que somos los mismos aunque, al mirar atrás, al leer e investigar, podemos darnos y dar cuenta de cuánto y cómo y por qué hemos cambiado. Cuánto somos del otro, cuánto el otro, para bien o para mal.

HERIBERTO FIORILLO

Columnistas

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