M-19, populismo y otros demonios

M-19, populismo y otros demonios

Fuerzas políticas y gremiales que denigraban contra todo aquello que tuviera la intención de ayudar a los pobres, hoy han mutado en colectividades que disputan el escenario de las causas populares.

22 de noviembre 2016 , 07:40 p.m.

Desde los orígenes de la guerrilla del M-19, que surgió con el robo electoral, en 1974, al general Rojas Pinilla y que, finalmente, pactó la paz en 1990 con el presidente Virgilio Barco, sus acciones armadas, sobre todo aquellas en las cuales repartía leche en las barriadas pobres, eran calificadas de “populistas”.

Recuerdo, que declararse defensora de los intereses de los asuntos nacionales, en una izquierda armada y desarmada que se debatía en largas discusiones ideológicas basadas en modelos foráneos, adicional a la decisión de abandonar la lucha por el socialismo para adherir a la lucha por la democracia, fundamentada en la reivindicación de los derechos para la gente de los más humildes de las ciudades colombianas, le llevó al M-19 a ganarse el calificativo de “guerrilla populista”.

Por supuesto, el bien ganado remoquete populista, después de firmar la paz, ha trascendido al final de su existencia como guerrilla. Recuerdo, en 1991, durante el debate de la Asamblea Nacional Constituyente, varias de las iniciativas que colectiva e individualmente nos permitimos presentar para “abrir la democracia”, por algunos de los delegatarios constituyentes contradictores, eran calificadas, sin mayor argumentación, como propuesta e idea populistas. El calificativo descalificador, por esos días, intentaba hacer de nuestras propuestas una especie de demonio que llevaría al país a la perdición. Dijeron que resignificar el Estado en Estado social de derecho, al servicio de la gente, del ser humano más humilde, era una clara propuesta populista. Populista también la idea de un orden territorial regional autónomo, como, de igual manera, se llamó populista el haber constitucionalizado la democracia participativa, en oposición a la agotada representación y, en ese entonces, se pretendió descalificar la decisión de clausurar el Congreso de la República como “una acción populista del M-19 en la constituyente”.

De allá para acá, por supuesto, es mucha el agua que ha corrido por debajo de los puentes. Fuerzas políticas y gremiales que denigraban contra todo aquello que tuviera la intención de ayudar a los pobres, hoy han mutado en colectividades que se reclaman voceros y disputan el escenario de las causas populares, antes del monopolio de las izquierdas.

Así pues, las causas de los más pobres y vulnerables, ahora también es un catecismo promovido y compartido por credos ideológicos de derecha autoritaria. En el Viejo Continente han surgido liderazgos que cuestionan el orden establecido y en el que se han impuesto gobiernos claramente de corte populistas. En América Latina, en este último cuarto de siglo, irrumpió la dinámica de líderes de izquierda, todos ellos, calificados de populistas, muchas veces, por una contraparte ubicada en la orilla de la derecha, igualmente alentando cartillas populistas.

En fin, el populismo, ahora de todas las vertientes del espectro ideológico y socioeconómico, está de moda. En los Estados Unidos, una de las cunas del capitalismo salvaje neoliberal, llega a la presidencia un populista autoritario e intolerante. El magnate multimillonario, vea pues, es el vocero y la esperanza de sectores empobrecidos en los Estados Unidos, incluidos latinos e inmigrantes en condiciones de ilegalidad y precariedad económica.

Así pues, la agenda global del calentamiento planetario, la superación de la generación energética y de riqueza derivada de la extracción fósil (incluida las consultas antiminería), adicional a la superación de la pobreza (monetaria y multidimensional) y el acceso a bienes y servicios en lo que la gente se le garantice un mínimo vital, en medio del polarizado surgimiento de expresiones religiosas que rechazan de manera radical visones diversas e incluyentes, sin duda, es la agenda del debate de la campaña presidencial que, en esta oportunidad, tendrá una sobredosis de populismo, entre otros demonios.

Héctor Pineda

Columnistas

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