El nobel sin corazón

El nobel sin corazón

Santos recibió el Nobel de la Paz, en lo que a muchos nos pareció más un galardón de cortesía que el merecimiento por una labor concluida.

13 de diciembre 2016 , 05:27 p.m.

Cuando por esos años la noticia cruzó el océano, la recibió muy de madrugada el presidente que se atrevió a declararse como el único preso político existente en el país, en medio del descojone que había desatado encarcelando a opositores, allanando casas de maestros y profesores universitarios, y torturando a estudiantes, aplicando el rigor del Estatuto de Seguridad.

Aún sin reponerse de la resaca producida por las borracheras de los festejos con los que acostumbraba agasajar a sus copartidarios para perseguir a sus mujeres desamparadas en los salones del palacio presidencial, dicen que haciendo gala del desenfado pueril de toda su ignorancia, con su voz nasal preguntó que con cuál número se había ganado el premio Nobel el escritor Gabriel García Márquez, al que había perseguido, hasta obligarlo al exilio, por considerarlo un comunista recalcitrante.

Por estos días, sin sorpresa, le correspondió al inquilino de la casa presidencial la nominación del Nobel, por supuesto pasando del reconocimiento de la exuberancia de la ficción macondiana (realismo mágico) a la premiación de los esfuerzos de Juan Manuel Santos de suscribir el final de la guerra con la guerrilla de las Farc, esfuerzo que lo han denominado ‘de paz’. El Nobel de Paz, como la crónica del escritor, fue un Nobel anunciado. Así tuvimos la oportunidad de anticiparnos a describir algunas escenas que sucederían. La frondosa comitiva ‘robando cámara’, la lágrima sutil de la Primera Dama y su vestido blanco de ‘alta costura’, y por supuesto el aburrimiento y la fatiga evidenciada en el bostezo presidencial.

La parranda descomunal que se desató con ocasión del Nobel de Literatura en cabeza de García Márquez, constató el enorme arraigo popular de la obra del escritor. Macondo salió de las letras de la ficción, recorrió las calles invernales de Oslo al ritmo del fuelle de los acordeones y el frufrú de las polleras de las cumbiamberas, con la cadencia del movimiento de las caderas siguiendo el percutir incesante del llamador y de las tamboras. El verbo del nobel, sin perder el acento propio de la lengua caribeña, desprendió de la gravidez terrenal cada una de las alusiones, tanto al universo literario de Macondo como a los sucesos de la historia que, en la palabra del escritor, resultaron con igual o superior magia que los de la ficción. Recordamos la fuerza del átomo desatada en los laboratorios gobernados por los alquimistas del desastre universal, recordamos la bandera de las barras y las estrellas sin brisas plantada en la aridez del satélite lunar y, vehemente, se escuchó el reclamo de la estirpe de los Buendía por una segunda oportunidad en la historia.

No hubo dudas. Macondo, por obra y gracia del realismo mágico, emergió para siempre, instalándose en cualquier parte de la geografía del universo, con ríos y montañas mensurables, con peso terrenal específico, con hombres y mujeres dispuestos a procrear y a sucumbir desbaratados en los sudores de los amores irredentos. Así lo testimonió el universo entero en las palabras con alas de mariposas amarillas del escritor, vestido a la usanza de los centauros del Llano.

Años después, en ceremonia pletórica de palabras correctamente entrelazadas, el presidente Juan Manuel Santos recibió el Nobel de la Paz, en lo que a muchos nos pareció más un galardón de cortesía que el merecimiento por una labor concluida. El premiado no ocultó algo de desazón. Se regodeó en los triunfos del guerrero victorioso. Olvidó a las víctimas del Estado, incluido el genocidio de la Unión Patriótica, para citar un ejemplo. Retórica de un nobel sin corazón.

Héctor Pineda
*Constituyente 1991

Columnistas

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