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Hasta en las peores guerras

Domingo 11 de diciembre de 2016
Columnistas
Carlos Castillo

Carlos Castillo Cardona

Hasta en las peores guerras

Nuestras familias, divididas por ideología, se mandan mensajes, textos insultantes, videos y caricaturas mordaces. Son envíos para herir más que para esclarecer.

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Mi amigo, que no entiende a Colombia, me cuenta.

“Yo nací después de la Guerra Civil española, pero la he vivido por los recuerdos de otros. Cuando yo era niño, mi mamá me contaba de la gran agitación política que dividía en dos a la sociedad y que se reflejaba en los miembros de familia. Los dos bandos de siempre.

Eran siete hermanas que, con sus maridos y novios, aglutinaban la vida familiar. Así eran mis tías: la mayor era María, casada con un ingeniero de ideas liberales moderadas; Teresa, casada con Pepe, un dibujante y cartelista que pertenecía a la dirección del sindicato de artistas socialistas; Lola estaba casada con Luis, un oficial del ejército con una carrera prometedora; Avelina era esposa del heredero de grandes propiedades en la Costa Brava; Rosita estaba de novia de Guillermo, muy joven todavía; la tía Julieta estaba casada con Paco, de ideas decididamente autoritarias. Y, por supuesto, estaba mi mamá, Josefina, la tercera hija, casada con José, el que sería mi padre, que hacía parte del gobierno de la república.

Antes de estallar la guerra, la familia, con la asistencia de mi abuelo y mi abuela, se reunía los domingos. Comían con gusto. Después del postre, los cuñados tomaban coñac, fumaban y hablaban y comentaban los desarrollos políticos. Las mujeres, que bebían a sorbitos el anís del Mono, jugaban parchís. Eran tardes plácidas a pesar de las diferencias políticas que existían.

Pero las diferencias de opinión y posición política de toda una España radical no quedaron en palabras. El triunfo de los republicanos en las elecciones del año 36 produjo el levantamiento de Franco y otros generales en contra del gobierno de la república. Se desató la guerra en la que se peleó palmo a palmo el territorio con un saldo de un millón de muertos.

La guerra también produjo traumatismos irreparables en mi familia. El esposo de la tía Lola fue de los militares que se levantaron en contra de la república. Derrotado su regimiento, lo llevaron preso al barco Uruguay, en el puerto de Barcelona, para acabar fusilado por traición a la patria. Fue mi papá el que fue a recoger los restos y llevarle el anillo de matrimonio a la tía Lola. Poco después, ella logró huir a la zona franquista, al igual que el novio de Rosita. El hermano menor de mi papá fue destacado en el frente del Ebro, que trataba de atajar los avances de Franco. Allí cayó herido y le dio gangrena. De nada sirvió el viaje de mi padre a Francia para traer sulfamidas. Llegó tarde y murió.

Terminada la guerra, el tío Pepe sufrió dos años de cárcel por su activismo sindical. Mi papá estuvo preso por seis meses. No fueron más porque hubo testimonios de haber intercedido para salvar la vida a personas que eran del bando franquista. Mi tía Lola regresó a Barcelona y vivió con nosotros en el piso de la calle Aribau. El tío Pepe le hizo un retrato de su esposo, no de civil, sino con su uniforme militar.

Poco después de terminar la guerra, las comidas dominicales siguieron su curso normal con los sobrevivientes. Conversaciones, coñac y sorbos de anís. Domingos placenteros. Miembros de una familia diversa que se apoyaban mutuamente. La tía Lola mantuvo el retrato de su esposo en su habitación hasta morir. En sus últimos años, padeció alzhéimer. Su mirada se perdía en ese retrato que su cuñado había pintado. Era del bando que lo había perseguido y metido preso, pero era su cuñado”.

Mi amigo cuenta esto sin pausa. Me dice que no nos comprende. Nuestras familias, divididas por ideología, se mandan mensajes, muchos whatsapp con textos insultantes, videos y caricaturas mordaces. Son envíos para herir más que para esclarecer. Él no entiende.


Carlos Castillo Cardona

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