¿Nos controlará la tecnología?

¿Nos controlará la tecnología?

Bases de datos, vigilancia digital a ciudadanos y sistemas de premio y castigo ya están completos.

22 de enero 2017 , 12:30 a.m.

La tecnología de información ha progresado tan extraordinaria y aceleradamente en el siglo XXI que surge la asustadora posibilidad, reconocida por genios como Bill Gates, cofundador de Microsoft, y Stephen Hawking, físico teórico británico, de que la humanidad pierda el control sobre ciertos avances informáticos críticos y los desarrollos electrónicos lleguen a convertirse en un peligro para la civilización.

Dice Bill Gates en el 2015: “Primero las máquinas harán muchos trabajos para nosotros, y eso debe ser positivo si lo manejamos bien. Sin embargo, en pocas décadas, su superinteligencia será tan poderosa como para convertirse en una preocupación”. Por su parte, Stephen Hawking escribe en el 2014: “El éxito en la creación de inteligencia artificial autónoma sería el mayor acontecimiento de la historia humana. Desafortunadamente, también podría ser el último, a menos que aprendamos a controlar los riesgos”.

Queremos pensar que tales temores son infundados, pero hay escenarios que resaltan el poder que ya tienen los grandes sistemas computarizados. Miremos dos ejemplos, uno en operación y otro en camino. El primero es el modelo Google de anuncios publicitarios; el segundo, el ‘sistema de crédito social’, un esquema de control planeado por el gobierno chino para vigilar a sus ciudadanos.

Comencemos con las propagandas indeseadas que sufrimos a toda hora quienes usamos computadores personales o teléfonos inteligentes (sobra decir que muchos iPhones y Galaxies tienen esclavizados a sus dueños desde hace ya rato). Los anuncios nos persiguen, nos acosan y, lo que es peor, están tan dirigidos a nuestras preferencias, según nuestros intereses, actividad laboral, sexo y edad, que terminamos dándoles clic.

Busque una alarma para su residencia por internet y pronto tendrá ofertas de cajas fuertes, puertas infranqueables, sistemas automáticos de vigilancia y seguros contra robo. Muchos avisos nos tapan lo que estamos leyendo; otros más sutiles, dirigidos al subconsciente, titilan en una esquina con colores vistosos. Sin darnos cuenta, días después compramos algo que no necesitábamos.

El sistema de control chino, por otra parte, está gateando con altibajos desde el 2010 y, por supuesto, espera ir mucho más allá de los informes de crédito de la gente. La intención final parece ser la vigilancia de la conducta detallada de cada persona para influir en el comportamiento colectivo de toda la sociedad.

Respecto a este proyecto, escribe 0The Economist’ que “China está comenzando el más ambicioso experimento de control social del mundo”. Según funcionarios del gobierno, “para el 2020 el sistema permitirá a los honestos andar por todas partes, mientras que los tramposos tendrán dificultad para dar cualquier paso”. Las bases de datos, la vigilancia digital a los ciudadanos y los sistemas de premio y castigo de este engendro ya están completos.

El poder sobre la sofisticación de las sugerencias al inconsciente de los consumidores, que están trabajando o divirtiéndose en sus equipos electrónicos, reside todavía en los genios profesionales de Google; ellos le enseñan al ‘software’ cómo hacer su trabajo y cómo mejorarlo. También, sin duda alguna, el sistema que implante el gobierno chino será manejado por personal competente, seguramente parcializado, del Partido Comunista (que poco tiene ya de comunista). ¿Se quedarán ahí las cosas?

Veo improbable que el ‘software’ de publicidad, a pesar de que lo seguirán sofisticando hasta niveles inauditos, llegue a crear su propio ‘ego electrónico’, que, al igual que el ego neuronal humano, pueda desarrollar avaricia, abrir cuentas bancarias y robar a sus clientes. También considero poco factible que el ‘sistema de crédito social’ chino despliegue ansias de poder, como cualquier ambicioso político, y decida darle un golpe de Estado a Xi Jinping, presidente de la república y secretario del Partido Comunista, para luego adueñarse del planeta.

Aunque una tecnología descontrolada podría ordenar actos peligrosos e ilegales, no cabe aún en mi cabeza cómo diablos un sistema de cómputo puede tornarse consciente, codicioso o soberbio; yo no veré tal desastre. Pero que posibles evoluciones funestas de la tecnología intranquilicen ni más ni menos que a Bill Gates y a Stephen Hawking sí hacen que me preocupe en serio por la suerte de mis nietos, todos ellos menores de quince años.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente”@gustrada1

Columnistas

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