La sencillez de la meditación

La sencillez de la meditación

Hágalo con constancia y, en el momento menos esperado, la armonía interior llegará sin buscarla.

22 de julio 2018 , 12:24 a.m.

Los reacios a meditar se abstienen de hacerlo, no porque las instrucciones del ejercicio sean incomprensibles –de hecho, son bastante sencillas– sino porque, con frecuencia, los seres humanos carecemos de la determinación que requiere la adopción de hábitos nuevos, sobre todo de aquellos que nos sacan de la rutina corriente.

El énfasis sobre la simplicidad que debe tener la meditación nunca es exagerado. El número excesivo de aproximaciones que han aparecido –unas, resultantes de buenas intenciones para disminuir el sufrimiento; otras, producto de la avaricia de los mercaderes de la felicidad– genera confusiones que desconciertan y ahuyentan a los aprendices.

Las instrucciones esenciales son claras: el meditador se sienta en un lugar tranquilo, preferiblemente en el piso; permanece quieto, en silencio y en actitud pasiva, y mantiene su atención en el objeto o ‘ancla’ de su preferencia. Cuando su mente se ‘pierda’, el meditador retorna su atención al objeto escogido. El ancla puede ser, a manera de ejemplo, el flujo de la respiración, o las sensaciones que está percibiendo, o los pensamientos que van apareciendo. Y eso es todo.

“Es tan fácil complicar y tan difícil simplificar”, escribió un hijo de este columnista en su anuario de bachiller. Alrededor de las sencillas guías anteriores han resultado centenares de alternativas con mantras, rosarios, figuras, cánticos, auras… de gurús o guías ‘espirituales’ que demandan adhesiones y presentan facturas.

Por supuesto que los instructores honestos son útiles. Y, en verdad, existen aproximaciones que, dentro de la simplicidad esperada, pueden llevar a la disminución de la ansiedad y el estrés. Miremos dos de ellas, una del siglo VI y otra del siglo XXI.

Un ‘kōan’ es una consideración paradójica, sin respuesta definitiva, que los maestros del zen japonés planteaban a sus discípulos para sacarlos de la lógica corriente. En uno de los kōans más conocidos, a manera de ejemplo, el maestro pregunta a su aprendiz de turno: “Cuando dos manos aplauden, hay un sonido. ¿Cuál es el sonido del aplauso de una mano?"

El’hwadu’ es una especie de kōan del zen coreano que utilizan en silencio los aspirantes a una vida monástica. ‘¿Qué es?’ –o ‘¿qué hay?’– es un hwadu con énfasis único en el proceso mental del interrogado, sin referencia alguna a eventos u objetos externos; el estudiante solamente observa lo que sucede en su cabeza, sin ningún juicio o intención.

No hay mucho más alrededor del hwadu. El escritor escocés Stephen Batchelor, un ‘monje’ moderno, practicó hwadu durante cuatro años, doce horas diarias, preguntándose en silencio y frente a una pared ‘¿qué es?’ Por supuesto que tal práctica, con semejante intensidad, no es para quienes solo buscamos reducir nuestra ansiedad y nuestro estrés.

Vengámonos ahora al tercer milenio. Eckhart Tolle, el reconocido escritor alemán-canadiense, sugiere en ‘El poder del ahora’ un sencillo experimento: “Cierre los ojos y pregúntese repetidamente: ‘¿Cuál será el próximo pensamiento?’. Manténgase atento esperando la siguiente divagación. Imagínese que usted es un gato mirando el hueco de una ratonera. ¿Qué pensamiento saldrá del agujero?”

No debemos juzgar al ‘ratón’, dejémoslo que se vaya… O que se quede. O que aparezca otro. El animalillo anterior se esfumará. Habrá momentos en los cuales no hay ninguno y estemos conscientes de su ausencia… Permanezcamos así, en el papel de un gato benévolo, por tanto tiempo como podamos.

¿Ha probado usted inútilmente la atención a la respiración, la rotación de la atención alrededor del cuerpo o la observación de las sensaciones? Lo importante es que usted comience a meditar. Si las técnicas de meditación que ya ha ensayado hasta ahora no han logrado aquietar sus mariposeos mentales, este columnista se atreve a recomendarle una exclusión y una acción.

Ni se le ocurra experimentar con kōans o hwadus... Cuando Stephen Batchelor comenzó a practicarlos ya llevaba varios años meditando. Comience, más bien, con el ratón mental de Eckhart Tolle. Hágalo con constancia y, en el momento menos esperado, estará observando, por períodos cada vez más largos, su respiración, sus sensaciones y sus pensamientos. La armonía interior, sin buscarla, le llegará espontáneamente. Y esté también consciente de cuando, a ratos y con más frecuencia de la que esperaría, la armonía interior se le vaya.


GUSTAVO ESTRADA
* Autor de ‘Armonía interior: El camino hacia la atención total’

Columnistas

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