Creer y pensar

Creer y pensar

La ciencia sabe que una parte de nuestro cerebro no distingue entre creencias y hechos verificables.

03 de septiembre 2017 , 02:11 a.m.

“Creer es más fácil que pensar”, repite este columnista con frecuencia. Si una persona cree en los ángeles, pues, para ella, los seres alados son reales y afirmar su existencia no le demanda esfuerzo mental alguno. Si alguien más piensa que la suma de los ángulos de cualquier triángulo es equivalente a dos ángulos rectos, pues tal individuo sabe, como mínimo, algo de geometría y de ángulos rectos, y quizás estudia para convencerse de que tal enunciado es cierto.

Es bien curioso, sin embargo, que las cavilaciones de los devotos sobre los ángeles y los cálculos de los lógicos sobre los ángulos ocurren ambos en el mismo sitio de sus correspondientes cerebros, detrás de los ojos, en la porción inferior de la corteza prefrontal ventral-medial. Tal aseveración es el resultado de un estudio, sorprendentemente sencillo, llevado a cabo por los doctores Jonas Kaplan, psicólogo, y Sam Harris, neurocientífico, en la Universidad de California en Los Ángeles.

Los investigadores solicitaron a quince fervorosos cristianos y a quince incrédulos radicales que conceptuaran la veracidad o la falsedad de un número de declaraciones, unas de contenido religioso (por ejemplo, ‘existen los ángeles’, o ‘Jesucristo ascendió a los cielos’), y otras de aceptación académica (por ejemplo, la propiedad de los triángulos antes mencionada o ‘Julio César fue un emperador romano’).

Mientras los participantes daban sus respuestas, los investigadores utilizaron la tecnología de imágenes, conocida como resonancia magnética funcional, para evaluar la localización de la actividad cerebral asociada con el procesamiento de la pregunta. La corteza prefrontal ventral-medial se iluminó de manera consistente para cada selección, independientemente de si quien respondía era creyente o incrédulo, y de si respondía ‘cierto’ o ‘falso’.

El resultado de este estudio va en contravía de la interpretación científica previa, de acuerdo con la cual los ‘juicios’ resultantes de la fe religiosa tenían en el cerebro un manejo neuronal diferente a los de las evaluaciones lógicas. Explica Sam Harris que, para la corteza prefrontal ventral-medial, “creer que el sol es una estrella es lo mismo que creer que Jesús nació de una virgen”.

Entre otras funciones, la corteza prefrontal ventral-medial también interviene en la toma de decisiones; ‘juzgar’ algo como cierto o falso es, hasta cierto punto, una decisión. No obstante, en el proceso de decidir, según los mismos doctores Kaplan y Harris, “la gente ignora de manera consistente las evidencias que contradicen sus creencias más firmes”. Y que van en contra de sus opiniones y prejuicios, en la terminología que prefiere este columnista, para incluir aquí las creencias políticas, racistas y nacionalistas.

¿Facilitarán estos hallazgos el diálogo entre religión y ciencia? Probablemente no. Steve Jones, profesor de genética de la Universidad de Londres, recomienda respetar siempre, y desde mucho antes de este estudio, la diferencia de territorios: “La discusión entre religión y ciencia es como pelea de tiburón con tigre. Cuando la religión llega al territorio de la ciencia, siempre pierde. De vez en cuando, la ciencia trata de entrar en el territorio de la religión y también pierde”. Ahora ya sabemos que el juicio de las ‘verdades’ religiosas de un creyente y de las ‘verdades’ científicas de un ateo ocurre en la misma región de cerebro de cada cual. Esto es un progreso notable, así el mar y la tierra firme sean totalmente diferentes.

La ciencia ya sabe entonces que la corteza prefrontal ventral-medial no distingue entre creencias y hechos verificables. Jonas Kaplan y Sam Harris, por su parte, continúan su búsqueda de las funciones cerebrales que sí reconocen la diferencia. Mientras tanto, el escritor británico Robert McCrum aprovecha la situación para tomar ventaja de la confusión de las palabras y hacer un chiste muy inglés: Un periodista, devoto creyente él, preguntó a una dedicada neuropsicóloga atea si la extraordinaria complejidad del cerebro, que con tanta dedicación ella ha estudiado, no la había hecho creer en Dios. “No”, respondió la investigadora. “Pero si me ha hecho pensar”.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de 'Hacia el Buda desde occidente'

Columnistas

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