'Zombieland'

'Zombieland'

Lo usual aquí es que los políticos involucrados en escándalos no se conviertan en cadáveres sino en zombis, personajes repugnantes, pero que mantienen su poder vigente.

02 de noviembre 2016 , 06:05 p.m.

Los escándalos por corrupción en Colombia rara vez conducen a la muerte política. Lo usual es que los políticos no se conviertan en cadáveres sino en zombis, en personajes repugnantes a la vista de todos, pero que mantienen un poder vigente. Pesan en las elecciones, en los nombramientos burocráticos y en las importantes decisiones nacionales.

A veces ocurre que el zombi en cuestión ni siquiera presenta mal aspecto luego del escándalo. A algunos sectores no les repugna y, de hecho, lo siguen considerando un representante legítimo de sus intereses y de su ideología. Para nada apesta a muerto viviente, mucho menos a cadáver político.

El último caso de un zombi es el de Alejandro Ordóñez. El exprocurador goza de mucho prestigio entre un amplio sector de derecha, tanto así que se ganó un lugar en la renegociación de los acuerdos luego de que ganara el ‘No’. Que sus ideas sean las de un troglodita y que pretenda imponerlas por encima de las instituciones en caso de llegar al poder es algo común entre los radicales en las democracias. Iván Cepeda en la izquierda, por poner un caso de otro radical, es la misma cosa. Ese no es el problema.

Lo grave es que Ordóñez siga vigente luego de las circunstancias de su destitución. En cualquier democracia decente, el desprestigio persigue hasta la muerte a cualquier funcionario que se demuestre que nombró irregularmente a familiares de quienes lo postularon al cargo. ¡Mucho más si este funcionario es el encargado de vigilar la conducta del resto de funcionarios públicos!

Lo normal sería esperar que sus partidarios lo reemplazaran e hicieran todo lo posible para que el resto de la sociedad olvidara el episodio. Pero en Colombia pesa más el argumento de que Ordóñez no es el único líder político que intercambia favores y que todo obedece a una persecución de Santos a la oposición.

Así las cosas, es muy difícil que la sociedad logre controlar los comportamientos de la clase dirigente antes de ir a una instancia judicial. Quizá la única forma en que los muertos políticos se convierten en cadáveres es cuando existe una condena. El mejor ejemplo es Ernesto Samper, sin duda el rey de los zombis en la política colombiana. Sobrevivió al proceso 8.000 y hoy es parte de la coalición que respalda a Santos. Todo esto, a pesar de que varios de sus colaboradores, como Fernando Botero, murieron para la política cuando pusieron un pie en prisión.


Gustavo Duncan

Columnistas

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