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De Uribe a Santos

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Uribe pasará a la historia como el presidente que le devolvió al país la confianza en su futuro, porque demostró que era posible derrotar a la guerrilla. La desmovilización paramilitar pudo haber sido otra gran contribución, pero se hizo mal por la evidente empatía que había entre su gobierno y esos grupos criminales. Y su desprecio por la Constitución y la ley, por los otros poderes públicos y por la oposición llegó a poner en riesgo nuestra frágil democracia. Su otro lunar fue una política económica dedicada a otorgar beneficios específicos a los amigos del régimen, con el pretexto de que esos favoritismos consolidarían la 'confianza inversionista'.

Para colmo, Uribe se ha dedicado a ponerles trabas a todas las iniciativas de su sucesor. Los uribistas defienden esta posición con el argumento falaz de que Santos los traicionó, dizque porque ellos lo eligieron para que fuera un clon de Uribe. Como si el país entero no supiera que Uribe hizo lo imposible para reelegirse, que, cuando no pudo hacerlo, trató de imponernos a Uribito y que, cuando esto también falló, no tuvo más remedio que apoyar a Santos, a sabiendas de que no era un incondicional. Los expresidentes, conociendo bien lo difícil que es gobernar a Colombia, en general han ayudado a sus sucesores. Uribe ha sido el peor expresidente de nuestra historia.

La mayoría de los colombianos nos hemos sentido a gusto con Santos, principalmente por tres razones. La primera, porque continuó la política de seguridad de su antecesor, así este no lo reconozca. Es verdad que decepcionó su primer ministro de Defensa, muy de la entraña uribista. Pero ahora se está recuperando una conducción firme y efectiva de las fuerzas del orden. La segunda, porque, a diferencia de Uribe, Santos ha sido respetuoso con las cortes, el Congreso, la oposición y los gobiernos vecinos. La tercera, porque ha regresado al cauce normal de una política económica basada en el interés general y no en los intereses particulares.

Pero debemos reconocer que comienzan a advertirse algunos defectos graves en su forma de gobernar. Preocupa, ante todo, que haya muchos más anuncios que realizaciones. Casi que se gobierna mediante titulares. Me temo que esta es una consecuencia de una deformación profesional del Primer Mandatario, pues muchos en los medios creen que lo que allí se nombra adquiere milagrosa existencia.

Esta forma de gobernar acaba convirtiéndose en un bumerán: al fogonazo inicial de la noticia le sigue la lenta decepción de las expectativas frustradas. El problema se agrava porque hay baja ejecución y, con demasiada frecuencia, el Gobierno se echa para atrás en sus iniciativas cuando encuentra oposición. Y también porque se habla demasiado. Sabemos que el Presidente tiene la llave de la paz, para cuando la guerrilla decida abandonar la barbarie, pero ¿a qué repetirlo a todas horas si no hay hechos concretos?

De otra parte, Santos ha nombrado a excelentes ministros y les delega, lo cual es muy bueno. Pero, a veces, parece no haber quién coordine y garantice la coherencia del conjunto.

Un ejemplo muy de lamentar es el contraste entre la promisoria política de innovación contenida en el Plan de Desarrollo, que exigía un considerable fortalecimiento de Colciencias y Bancoldex, y la reforma de las regalías, que atomizó los recursos destinados a promoverla y entregó toda la iniciativa en esta materia a los gobernadores. Mucho me temo que esa platica, que no es poca, se perdió.

No menos importante, el gobierno Santos tiene un estilo que lo hace percibir como elitista, a pesar de que está ejecutando políticas a favor de la población pobre y desplazada. Dicen que los bogotanos solo miramos para arriba y no vemos bien lo que sucede por debajo de los 2.600 metros.

Ojalá el Gobierno reciba estas críticas con ánimo constructivo.

Guillermo Perry

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