El manifiesto latinoamericano

El manifiesto latinoamericano

Una propuesta de desarrollo democrática fue reemplazada por un manifiesto neoliberal.

16 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Muchos movimientos políticos, ideológicos e, incluso, artísticos en la historia moderna han suscrito manifiestos que son una declaración de principios que resumen su visión económica, política, artística o ideológica, y que se convierten en instrumentos pedagógicos y difusores de sus ideas.

‘El manifiesto comunista’ es el más conocido de todos. Publicado en 1848 por Carlos Marx y Federico Engels, se convirtió en el catecismo de los marxistas. Primero, se elogia el papel transformador-revolucionario del capitalismo como fuerza global que derrumbó no solo las barreras nacionales sino todos los sistemas opresores del pasado, para instalar su hegemonía económica y política sobre la apropiación de la plusvalía del trabajo libre. Sin embargo, segundo, el trabajo convertido en clase proletaria se convertía en sujeto revolucionario cuya misión histórica era sepultar al capitalismo para dar a luz a un nuevo amanecer socialista. De otro lado, Marx y Engels eran partidarios del libre comercio porque aceleraría la revolución social.

Muchas revoluciones — por ejemplo, la Revolución rusa bolchevique de 1917— se hicieron en su nombre, pero ninguna se mantiene vigente, a pesar de los sacrificios en vidas y en sufrimiento, como sucedió con la Revolución francesa, con la diferencia de que esta última sigue siendo faro que alumbra los valores más preciados de la humanidad, como la libertad, la igualdad y la fraternidad: Todos los hombre nacemos libres e iguales.

Latinoamérica debería emprender un proceso de industrialización para sustituir importaciones mediante aranceles y otras medidas que protegieran e impulsaran las manufacturas y el empleo

De otro lado, El Manifiesto es el nombre dado al informe ‘El desarrollo económico de América Latina y sus principales problemas’, presentado por Raúl Prebisch en la Conferencia de la Cepal en La Habana, en junio de 1949. Albert Hirschman lo llamó “Manifiesto de la Cepal”.

La idea central es que la periferia en su relación con el centro está determinada a producir materias primas y a importar manufacturas, pero que este intercambio genera una relación negativa en perjuicio de la periferia, debido a que la demanda por estas materias es decreciente respecto al crecimiento del ingreso, y otras razones. Por lo tanto, Latinoamérica debería emprender un proceso de industrialización para sustituir importaciones mediante aranceles y otras medidas que protegieran e impulsaran las manufacturas y el empleo.

El Manifiesto fue recibido con muchas alabanzas, especialmente por los gobiernos latinoamericanos, debido a que los proveía con “una prescripción no revolucionaria, no comunista para el cambio, que todos los gobiernos en la región, sin importar la orientación ideológica, podían aplaudir”, en palabras del economista Edgar Dosman (York Univesity). De otro lado, El Manifiesto dotó a la Cepal con una “gran idea y una causa”, y demostró que habiendo sido elaborado por latinoamericanos, era un texto excepcional.

Sin embargo, El Manifiesto provocó consternación en los círculos directivos de la ONU en New York y Washington que entendían el poder del texto, en tanto que “el enfoque estructural de Prebisch ofrecía un nueva visión para el desarrollo internacional; se había pronunciado a favor de un Estado activista y de la industrialización en un nuevo lenguaje que desafiaba la vieja doctrina de la ventaja comparativa. La idea de que los países agrícolas de América Latina podrían prosperar en el futuro como productores de productos básicos se vio socavada, y todos los expertos en desarrollo, ya fueran de los países industriales o en desarrollo, sabían que se había iniciado un nuevo debate”.

La reacción de los economistas ortodoxos neoclásicos que todavía predominan en las universidades y en los medios de opinión pública fue muy negativa, pues se ponía en cuestión la sabiduría convencional. El economista Jacob Viner, principalmente, les puso el tono a las críticas, al calificar El Manifiesto de un conjunto de “fantasías malignas, conjeturas históricas distorsionadas y hipótesis simplistas”, mientras que en Brasil dijo en una conferencia que no se dejaran seducir por “las sirenas que promueven la diversificación económica; que se dedicaran a la agricultura y al control de la natalidad”. Más agricultura y minería, menos industrias, menos trabajadores urbanos, menos demandas democráticas, menos “revoluciones”.

¿Prebisch respaldaba las tesis marxistas leninistas? No, porque estas tesis “no se concilian con las aspiraciones del liberalismo democrático y sus valores inherentes, y tiene esto para mí una significación definitiva. Me aparto de este sistema por consideraciones políticas además de otras de índole económica”. Por liberalismo democrático, Prebisch entendía la subordinación del liberalismo económico al liberalismo político. Es decir, el capitalismo con reformas sociales. El mercado bajo la guía de la política democrática, no autoritaria.

GUILLERMO MAYA

Columnistas

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