Bogotá aterrorizada

Bogotá aterrorizada

Cuesta comprender por qué mientras este vértigo ocurre en la ciudad, la policía desaparece.

17 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Desde la ventana de un edificio aledaño al parque El Virrey, en Bogotá, un suelo en donde el metro cuadrado de vivienda se cotiza a más de ocho millones de pesos y en el que se pagan impuestos de ropaje europeo, veo atracar en un solo día a más de tres personas. Desde mi seguro pero aterrador mirador grito, aviso, escupo toda suerte de groserías intentando ahuyentar a los flacos que van de cacería contra las víctimas de apariencia más frágil. No son los mismos; se turnan cada día y casi ríen ante el virginal reclamo. “Si uno se mete lo friegan; además, la policía qué, uno la llama y a las tres horas aparecen”, replica indispuesto el portero de turno ante la exigencia de reacción, de un barniz de solidaridad.

En el mismo lugar, al caer la tarde se cuelan al TransMilenio hordas de estudiantes, obreros y oficinistas. Imagino que alguno tendrá para pagar el pasaje. Por las mañanas, de camino, violentan puertas, cruzan la vía en todas las direcciones como hormigas locas acosadas por un pie gigante.

Esta zona exhibe andenes nuevos al frente de edificios alzados en tronar de dedos. Tales tramos de acera se hunden de inmediato cuando los cajones de cemento para vivienda (a ocho millones de pesos el metro cuadrado) se llenan de compradores a crédito e inversionistas urgidos por gastar dineros de todas las procedencias. Aquí los ciclistas se disputan a muerte el pequeño espacio de los transeúntes, mientras en el separador de la vía los recicladores descargan basura, seleccionan, recogen alguna y dejan otra.

Abundan taxis-colectivos que hacen recorridos circulares a mil pesos, y por las rutas aledañas hay fuerte movimiento con ventas de bisutería, perros calientes, arepas provocativas y ediciones de bolsillo del nuevo Código de Policía, que prohíbe todo exceso, con la alucinación de que este particular abismo fuera Suecia. Se mueve mucha escopolamina; cerca empiezan secuestros rápidos, denominados con eufemismo ‘paseos millonarios’, hechos noticia cuando el caído en desgracia es extranjero.

Aquí y en cualquier otra zona de la ciudad que habito cuesta comprender por qué mientras este vértigo ocurre, la policía desaparece. Por qué hay tanta dedicada a revisar la pulcritud de los carros en las calles atascadas, por qué esta percepción de soledad.

GONZALO CASTELLANOS

Columnistas

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