Balada del podrido

Balada del podrido

El país se desbarranca. Pero él se declara inocente, inconsciente y, antes que nada, insolvente.

01 de abril 2017 , 12:00 a.m.

En la universidad prefería los chistes sociales, los homofóbicos; pero, más que ningún otro, los racistas (negros ni los zapatos, repetía con risotada). Antes que discernir, era bueno memorizando; no le faltaba verbo y hacía todo por exhibir algo de marca. Se graduó pronto, pues, según alardeaba, a algún profesor le pagó la tesis con juergas.

En sucesión vinieron cargos públicos de escalada. Varios posgrados (alguno de dudoso sello). Ya lo vemos en escaños directivos: administra presupuesto y decisiones. Trabajos y títulos académicos son un ‘capital semilla’, un camino tortuoso al nirvana, dice con esa precisión suya. Lo sedujeron la banca de inversión y las corbatas de lujo que al paso fue quitándose para verse casual.

Las oportunidades están ahí y si no las tomo yo, las ocupa otro (volvió grito de batalla). Su cuenta crece; igual, apartamentos, carros y acciones. Ahora aspira a cargos de control, sobre todo para vigilar competidores y enemigos políticos. Ha entendido que una ‘puerta giratoria’ es esencial: de la función pública (donde ha raspado) pasa a gobernar alguna empresa privada a la que antes contrató o vigiló. El sueldo es diez veces superior, y tenerlo fue un pacto sólido. Gestiona concesiones y arbitramentos. El desarrollo del país requiere alianzas. En infraestructura, minería o en las regalías para ciencia hay mucho.

Un año de cárcel en casa le permite escribir sobre arrepentimiento y ética. Lo importante: la familia está asegurada, sin penuria económica en generaciones.

Ahora no le pagan; él subsidia y crea vistosos escenarios para contratar. Diversifica inversiones (arte, fondos, titularizaciones). En vacaciones, el bolsillo de esposa e hijos revienta de dólares para la cuenta exterior (no más de lo permitido, con los gringos no se juega). Los bienes ya están en una firma intocable en Panamá (offshore).

El país se desbarranca. Hay líos gordos (siempre alguien mete la nariz). Se declara inocente, inconsciente y, antes que nada, insolvente. Dentro de poco negocia y tira la piedra. Un año de cárcel en casa le permite escribir sobre arrepentimiento y ética. Lo importante: la familia está asegurada, sin penuria económica en generaciones.

Allegados en cargos de cima esperan. Al salir de la mansión-cárcel tejerá hilos que dejó listos. Ya que los adversarios andan en iguales fatigas, elaborará el acuerdo de élites. Juntos pactarán borrón y cuenta nueva; un gran frente anticorrupción. El desarrollo del país no puede detenerse.

GONZALO CASTELLANOS

Columnistas

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