Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad

Observar a la gente, tratar de dilucidar su vida por sus gestos. Los objetos cuentan historias.

04 de diciembre 2017 , 12:17 a.m.

Estoy haciendo fila en la ventanilla de emigración del aeropuerto de San Petersburgo, en el gélido invierno del mar Báltico. Como la tiranía continúa, aunque ahora los déspotas de siempre se declaren demócratas, estoy a merced de la arbitrariedad de una funcionaria lenta y preguntona. Paradójicamente, para un extranjero es más fácil entrar que salir de Rusia. Cuando se cae en manos de la burocracia el tiempo es más lento. Es la confirmación palpable de que Einstein tenía razón. El tiempo tiene una correlación inversa con el hastío (TR= -1 (Tt x H5).

Ante la futilidad de entrar en cólera, opto por un pasatiempo que aprendí de mi padre. Observar a la gente, tratar de dilucidar su vida a través de sus gestos, la forma de sus cuerpos, sus ornamentos, sus vestimentas, y todos los perendengues que cargamos encima. Los objetos cuentan historias.

Al enfrentarme a la hosca Irina Zaitsev en la ventanilla, se me confirma que Stalin sigue vivo. Sin embargo, mientras hago la fila mi mente sigue detrás del sujeto de mi divertimento: una pareja, en particular la mujer que me precedía, de una belleza excepcional. Evidentemente, ella tiene una historia. Como todas las mujeres de verdad.

Él, un hombre promedio, no oculta que si pudiera asesinaría a la funcionaria. Además, es evidente no se soporta a su compañera de viaje. Con esa mirada deambulante, la quijada apretada y la revisión constante del reloj en la muñeca, revela un matrimonio demasiado largo y un fin de semana que a ambos les debió parecer eterno.

Ambos dan gracias a Dios de que exista el celular para deambular por Facebook. Tienen hijos. La mujer carga dos bolsas. Una de Hamleys, el reconocido almacén de juguetes, y una bolsita de Victoria’s Secret, con su característico rayado rosa y crema, del tamaño de una pequeña cartera de noche. Él solo llevaba su abrigo y un maletín de banquero, de esos de doble chapa con clave.

¿Quién sería el destinatario de las delicias que dicha bolsa insinuaba? Obviamente, no era su marido, a quien, después de muchos intentos, probablemente ya no le interesaba seducir. Para mi fortuna, la mujer, por cosas del destino, terminó a mi lado en el avión. El viejo gruñón que tenía la ventana no quiso cedérsela a la pareja. Su marido insistió en que se quedaba en la silla asignada a pesar de que yo ofrecí mi puesto. Claramente, el hombre prefería tener el pasillo de por medio y la tranquilidad de unas cuantas horas sin un silencio incómodo y ahorrarse, de paso, la tortura de una conversación forzada.

Los aviones tienen una particularidad que los hace una plataforma excepcional para romper el continuo rutinario de la vida. En la cabina de un aeroplano se suspende el tiempo y las realidades de la existencia. Hay amores que se inician y terminan en un trayecto. Surgen amistades íntimas en las que la gente desnuda su corazón con un absoluto extraño. Hay momentos de miedo o de euforia que nadie tendría en tierra.

Cuando anunciaron que iniciaba el descenso, la dama a mi lado pidió permiso para levantarse al lavabo. Al dejarla pasar me percaté de que solo llevaba al baño la pequeña bolsa de Victoria’s Secret. Al aterrizar, se levantó para descender con su marido. Y observé que se le había quedado su modesta compra intima. La bolsa de Victoria’s Secret estaba en el asiento que había desocupado la dama hace unos instantes. Ante la imposibilidad de alcanzar a la pareja, abrí la bolsa. Había una prenda y una tarjeta escrita a mano que decía: ‘Joyeux Noël!’

Dictum.
Cuando se desaten otra vez los demonios del horror, el país ya sabe quiénes son los culpables. Acabar con la paz sí que es un delito de lesa humanidad. Y ese sí que no quedará impune.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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