Sin remedio

Sin remedio

La insurrección contra los corruptos es una modalidad de la lucha de clases.

21 de agosto 2017 , 01:01 a.m.

En cuestión de unos pocos días pasamos de la euforia por la dejación definitiva de las armas por las Farc al desconcierto más absoluto al constatar que hasta la sal se corrompe. La dimensión de la corrupción en todos los escenarios de los poderes públicos no solo llena de rabia a todos los ciudadanos, sino que, además, produce un colapso profundo de la confianza en el sistema político. Nadie cree en nada. Es paradójico que, aun cuando la revelación de los hechos de podredumbre es producto del trabajo acucioso de instituciones como la Procuraduría, la Fiscalía y la Contraloría, el resultado generado no es mayor confianza en la justicia, sino una agudización de la ilegitimidad del Estado.

No se puede llamar de otra manera. Estamos ante una crisis de legitimidad de proporciones mayúsculas. No es simplemente un hastío. Es una “rabia en el corazón” de los ciudadanos que tendrá consecuencias severas para la estabilidad política. La restitución de la confianza ciudadana no es cosa fácil. Sin duda, el castigo a los corruptos es el primer paso. Pero eso no es suficiente.

Una generalización de la indignación siempre trae consecuencias. Cuando la sensación de injusticia se vuelve sistémica conduce generalmente a diferentes modalidades de insurrección. La probabilidad de que emerjan corrientes alternativas no convencionales, centradas en lograr desterrar del poder a los políticos tradicionales, es muy alta. En su facilismo característico, los actuales barones creen que bloquear la reforma política e impedir el cambio les va a salvar el pellejo. Muy equivocados. La revolución contra las élites corruptas es una fuerza de transformación mucho más fuerte que la propia lucha de clases. La insurrección contra los corruptos es una modalidad de la lucha de clases.

En las elecciones presidenciales ya se empiezan a detectar esos brotes insurreccionales. El fortalecimiento relativo de Petro, Fajardo y Galán insinúa que la gente no va a querer candidatos asociados a un establecimiento político al que desprecian. No es descartable que surjan candidatos –por ahora incógnitos– capaces de tomarse con credibilidad la bandera de la lucha contra un sistema corrupto.

También hay insurrecciones que no solo se dan en el contexto de la política. Ocurren también en el espacio de lo individual y pueden ser igualmente destructivas para la estabilidad y la armonía social. Me refiero a esas situaciones donde las personas relativizan el estándar de moralidad y legalidad que aplican a su comportamiento diario y sus responsabilidades cotidianas. La racionalidad se vuelve al revés de lo que debe ser en un Estado de derecho. Si todos roban, por qué yo no... Si la justicia se vende, por qué acatar la ley... Si mis impuestos se los reparten los corruptos, para qué pagarlos... Por qué el pendejo siempre termino siendo yo...

La lucha contra la corrupción ha estado en la justificación de muchas de las revoluciones y ha sido una amplia puerta de entrada para quienes quieren transformar los sistemas políticos. Luis XVI perdió a Francia y su cabeza por el odio de las masas a su insaciable opulencia, Nicolás II perdió a Rusia por el contraste de su comodidad mientras el pueblo moría de hambre y en la guerra, a Chang Kai-shek lo derrotó Mao por la corrupción de los ejércitos nacionalistas. Y así sucesivamente. Sin embargo, lo más grave para Colombia, como el título de la excelente novela de Antonio Caballero, es la sensación de que no hay nada que hacer. Sin remedio.

Dictum. Muchas de las iglesias cristianas están ejerciendo una coacción electoral sobre sus feligreses que no solo es inmoral, sino que viola la Constitución y la ley.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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