Siga adelante

Siga adelante

Lo que no se puede permitir Santos es hacerle conejo a la esperanza de una reconciliación duradera como la que está hoy al alcance de la mano.

24 de octubre 2016 , 12:43 a.m.

Hay momentos en los que los países tienen que decidir. Esta es la coyuntura en la que hoy se encuentra Colombia. Sin duda, la precaria victoria del No creó un hecho político ineludible. Como lo confesara Juan Carlos Vélez –que por el hecho de ser expulsado por la puerta de atrás del uribismo no le quita gravedad a lo que reconoció en sus declaraciones–, quedan evidentes las mentiras y artimañas que se usaron para engañar al pueblo colombiano. Pero las urnas son las urnas y hoy toca lidiar con quienes estaban en la otra orilla.

La pregunta es si los pocos votos que los enemigos de la paz obtuvieron de mayoría les da el poder suficiente para meterle un palo entre las ruedas al proceso. Hoy, el país se debate sobre si esa precaria victoria, bastante cuestionable desde la perspectiva democrática, como lo revelara el propio Juan Carlos Vélez, es suficiente para anular la capacidad del Estado para ejecutar los acuerdos alcanzados.

El interrogante es si puede un puñado de votos poner en jaque a un país de 45 millones de habitantes que desea terminar con una guerra que ha dejado millones de desplazados y 300.000 muertos. La gente no solo vota en las urnas, también vota en las calles y plazas públicas, como lo han hecho los jóvenes con una vehemencia y una convicción similares a la de mayo de 1968, en París, o como lo hicieran también millones de muchachos en las universidades estadounidenses para imponer con sus protestas el fin de la guerra de Vietnam, a pesar de que Nixon había obtenido un mandato precario para continuarla. También las víctimas votan –silenciosamente– desde los cementerios, las fosas comunes y los tugurios de los desplazados en las ciudades.

¿A quién se le debe hacer caso; a quién debe oír el Gobierno; a quién se le debe entregar el poder de veto sobre la oportunidad de la reconciliación? Evidentemente, aquí hay un aspecto cualitativo sobre la legitimidad de los interlocutores que tienen autoridad para incidir y participar en la conversación nacional sobre el desarrollo de los acuerdos de paz. Hasta ahora, el presidente Juan Manuel Santos ha sido magnánimo y generoso en abrirles las puertas a todos los que han tenido reparos o ideas que se distancian de los textos pactados. Con paciencia y generosidad, ha escuchado los reparos, las sugerencias y hasta las barbaridades de los amigos de la guerra.

Se ha tomado atenta nota de las propuestas de todos ellos con respeto y serenidad. Se han llevado a La Habana las ideas que podrían converger sobre lo ya pactado. El siguiente dilema es si esas mejoras, adiciones u objeciones deberían ser suficientes para hacer ‘tabula rasa’ con seis años de esfuerzos, para suprimir seis años de trabajo y de negociaciones.

Cuando es evidente que la oposición a los acuerdos tiene una agenda distinta a la paz, cuando entre sus cálculos está dilatar el proceso para que se vuelva parte del proceso electoral del 2018, le corresponde al Primer Mandatario poner el mandato constitucional y social por encima de esas turbulencias perniciosas. La historia no le perdonaría a Santos que por pulir un verso destruyera un mundo.

Sin duda, ya están las voces de los que quieren la guerra diciendo que se le va a hacer conejo a su precaria mayoría en el plebiscito. Aquello que no se puede permitir Santos es hacerle conejo a la esperanza de una reconciliación duradera como la que está hoy al alcance de la mano. Presidente, usted tiene un mandato contundente para hacer la paz. Que ladren y aúllen quienes prefieren la guerra. Siga adelante.

Dictum. Las cosas a veces parecen lo que no son. Otras veces las cosas son aquello que no parecen. Difícil discernir.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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