La paradoja de Sísifo

La paradoja de Sísifo

La batalla contra la corrupción no debe tener dueño, sino un propósito de la sociedad.

22 de enero 2017 , 10:49 p.m.

El escándalo de las prácticas corruptas de Odebrecht ha desatado una indignación sin precedentes en muchos países en los que opera ese gigante de la construcción de infraestructura. Colombia no es la excepción. Aunque es desafortunado que el origen de la ira generalizada contra la corrupción se disparara por una investigación iniciada en Estados Unidos, los hechos revelados han generado una muy saludable rabia colectiva global.

Ese cáncer agresivo del latrocinio de los recursos públicos ha hecho metástasis sin distingo alguno entre todas las vertientes ideológicas. De allí que quienes intentan volver la corrupción emblema de uno u otro partido, endilgarle a tal o cual colectividad el inri de la inmoralidad pública, se equivocan.

Desde la extrema derecha hasta la izquierda puritana han sido víctimas de aquellos a quienes les puede más el afán del lucro que sus principios y sus lealtades ideológicas. El partido o movimiento que esté libre de pecado que tire la primera piedra. La discusión de quién es más corrupto o menos corrupto es fútil. Eso es como decir que una mujer está solamente un poquito embarazada. Por eso no es tan buena idea –un objetivo en el fondo bastante ingenuo– creer que alguien que hace política, un político profesional, se puede apropiar electoralmente y con credibilidad de la bandera de la lucha contra la corrupción. La batalla contra la inmoralidad no puede tener dueño, solo responsables institucionales.

No puede permitirse que la indignación por la corrupción se convierta en un simple expediente político. Es una exigencia colectiva y, ante todo, una obligación institucional. Esta no es una campaña o una consigna. La lucha contra la corrupción es como la condena de Sísifo. O como construir un amor. Hay que empezar, de nuevo, todos los días.

Hay que señalar que el fiscal Néstor Humberto Martínez ha actuado contundentemente en el caso Odebrecht. Sin duda, a la ciudadanía la justicia le alivia el dolor. Ese es un paso ineludible e indispensable, que contribuye significativamente a restablecer la confianza ciudadana.

Sin embargo, hay que colocarse en la dimensión institucional para lograr cambios eficaces y perdurables. Así lo ha manifestado muchas veces la profesora Elisabeth Ungar, una de las grandes expertas en el tema. La indignación siempre es pasajera. De allí que la iniciativa del presidente Santos de liderar una cruzada contra la corrupción pública, sin agenda política o electoral y con un énfasis institucional, va en la dirección correcta.

Hay que aprovechar el alineamiento de los astros que ofrece la coincidencia de un procurador como Fernando Carrillo, de un fiscal como Néstor Humberto Martínez y de un contralor como Edgardo Maya, que poseen, los tres, las condiciones para abordar esa cruzada sin agendas ocultas, sin mandatos divinos, llevando en la mano solamente la autoridad y la independencia institucional que les otorga la Constitución. Tienen la oportunidad de ser los “tres mosqueteros”, como diría la revista ‘Semana’.

La lucha contra la corrupción es una paradoja. Mientras más se destapa, más escepticismo se genera entre los ciudadanos sobre la función pública. La única forma de romper ese dilema es que nadie se adueñe de la batalla contra la corrupción, que no sea una causa de unos contra otros, sino un propósito de la sociedad.

Dictum. “En tiempos turbulentos, uno necesita amigos y ‘partners’ que no nos dejen botados, que estén ahí para cuando en momentos decisivos los urgimos (...); el deseo de la estabilidad es importante en la vida, pero es más fundamental sentirse necesitado, de pronto irremplazable, eso es un sentimiento esencial de la vida”. Zygmunt Bauman.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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