La expropiación de Dios

La expropiación de Dios

Los políticos se quieren adueñar de la espiritualidad de las personas para manipularla a su favor.

10 de abril 2017 , 01:55 a.m.

Prácticamente en todos los rincones del planeta avanza una peligrosa tendencia que es la responsable de mucho dolor y de mucho sufrimiento. En un par de semanas se ha visto el ataque a iglesias católicas en Egipto; el atentado islamista en Estocolmo; la fumigación de civiles con armas químicas en Siria; el bombardeo gringo en retaliación y tantos otros actos de horror contra la humanidad.

Sin duda, los análisis de lo que está pasando –debo destacar el reciente trabajo sobre Siria de Sergio Gómez Maseri en este diario– desde una perspectiva geopolítica y de política exterior son ciertamente acertados. Sin embargo, si uno se va a lo esencial, es evidente que la religión es uno de los determinantes más poderosos de la conflictividad humana.

Si se miran los textos sagrados de la mayoría de las creencias, se concluye que si fuera por la filosofía que los subyace estaría garantizada la hermandad humana y la paz. Desafortunadamente, no es así. La religión se ha convertido en el catalizador del odio.

La realidad es que entre las pocas cosas aceptables que dejó la Guerra Fría es que el conflicto entre el comunismo y el capitalismo subordinó los extremismos religiosos y los nacionalismos a la contienda geopolítica global. Y con esas paradojas de la historia fue la fuerza de un líder espiritual –Juan Pablo II– la que derrumbo el campo socialista.

Al quebrarse la bipolaridad y desaparecer la hegemonía de las ideologías políticas en la organización de la sociedad, emergen las religiones con una fuerza inusitada como el factor que aglutina y moviliza a las masas. El problema es que la religión por definición opera sobre la base de absolutos. En el fanatismo religioso no hay espacio para las zonas grises, para los matices inteligentes.

La religión es hoy otra vez el disfraz para que los partidos, los políticos, los terroristas, los dictadores, los opresores, ciertos Estados y los populistas extremistas justifiquen sus aspiraciones de dominación. Como advirtió Marx, la religión en pleno siglo XXI volvió a ser el opio de los pueblos. Un opio que no solo adormece, sino que alimenta la violencia.

Los políticos quieren expropiarle a Dios a la gente. Se quieren adueñar de la espiritualidad de las personas para manipularla a su favor. Sin ideas y sin estructuras ideológicas creíbles, muchos líderes se arropan en las banderas de la intolerancia religiosa para lograr alguna resonancia popular. Colombia es un buen ejemplo.

Eso es precisamente lo que desea el exprocurador Alejandro Ordóñez, el hombre de las calzonarias. Con su extremismo, que incluso traiciona la bondad y la comprensión que ha demostrado el papa Francisco, quien, por lo creyente que dice ser, debería ser su guía espiritual, ha fraguado una alianza político-electoral con un segmento de las iglesias cristianas.

Esa alianza, en el fondo demoniaca, quiere ser dueña de la vocería del Señor Jesucristo en nuestro país. Esa alianza es una empresa electoral. Esa alianza es una empresa comercial. Basta ver la exprimida forzosa y la coacción que ejercen ciertos pastores para extraer el diezmo de unos modestos feligreses que buscan en sus ritos, parecidos a los de las sectas satánicas, algo de alivio para sus tristezas. Ordóñez, me imagino, tendrá que pasar muchas horas arrodillado en el confesionario para expiar la culpa y la arrogancia de querer ser el dueño de Dios sobre la tierra.

Dictum. ‘Historia económica de Colombia en el siglo XX’, del exministro Roberto Junguito. Excepcional. El otro es la mejor biografía de uno de los hombres más inteligentes del mundo, Alexander von Humboldt, ‘La invención de la naturaleza’, de Andrea Wulf.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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