La avalancha que no fue

La avalancha que no fue

El Centro Democrático se dejó contar. Una convocatoria que fracasó.

03 de abril 2017 , 01:46 a.m.

El país se despertó el sábado con dos avalanchas. Una que nadie esperaba y la otra que los demócratas temían, pero que no se dio. La avalancha inesperada en Mocoa fue tremenda, dolorosa y lamentable, con rocas, lodo, agua y escombros, y a su paso sembró muerte, desolación y una profunda tristeza nacional que nos recordó lo vulnerables que somos a los designios de la naturaleza. ¡Y Trump se atreve a decir que no hay cambio climático!

La otra avalancha, que no ocurrió, la fallida marcha uribista, produjo alegría en la inmensa mayoría de los colombianos. La patética concurrencia, a pesar del maquillaje visual que trataron de hacer algunos medios de inclinaciones autoritarias, debe de tener muy nerviosos a sus organizadores. Los números de la audiencia en todo el país fueron pírricos, incluso en Medellín, el fortín del senador Álvaro Uribe.

Debo reconocer que recorrí varias plazas y ciudades para sentir de primera mano la situación, naturalmente encubierto para no sufrir la inevitable paliza que les propinaron a varios asistentes que se expresaron contra sus posiciones guerreristas. Un sabor amargo deben de tener hoy los organizadores al constatar quiénes acudieron al llamado.

Desde ‘Popeye’ hasta encopetadas señoras paisas con sus joyas, peluquería y vestidos de moda, que marcharon para protestar quizás porque el incremento este año de más del 10 por ciento en los dividendos de sus empresas les parece insuficiente. Allí, en las marchas, se vieron convictos por corrupción y paramilitarismo al lado de ciudadanos con genuinas preocupaciones por el futuro del país, que creyeron en que la marcha era de protesta, no el lanzamiento del uribismo para las elecciones del 2018.

El contenido y los mensajes de los líderes fueron contradictorios, inconsistentes, confusos, agresivos y, sin duda, algunos bien peligrosos. ¿Es patriótico clamar por intervenciones de EE. UU. en Colombia o un colapso institucional? Muchas cosas que se oyeron bordean el Código Penal. Por lo mismo hay militantes de las Farc en las cárceles. No podría ser diferente cuando a uno lo invitan a marchar, a protestar por lo que se le dé la gana. Ese sentimiento queda plasmado bellamente cuando le preguntan a un vallenato que por qué marcha y contesta: pues, por qué, ajá.

Unos discursos tan ridículos como el de varios líderes uribistas que decían que la avalancha de Mocoa la habían causado la Farc. El contenido insurreccional era evidente. No pocos asistentes clamaron por el cierre del Congreso –a lo Maduro– y que saquen a la fuerza a Juan Manuel Santos de la Casa de Nariño porque es marxista-leninista. Hágame el favor.

No se puede desconocer el papel de la extrema cristiana –simbolizada por el exprocurador Alejandro Ordóñez– en la marcha. La marcha permitió que la intolerancia ya tenga candidato, el hombre de las calzonarias, que arrancó su campaña electoral con beso a los pies de la Virgen María. Volver a la madre de Jesucristo un símbolo de campaña debería ser francamente, para los católicos, un sacrilegio y motivo de excomunión.

El Centro Democrático se dejó contar. Una convocatoria que fracasó, aunque los tuiteros a sueldo clamen por las redes un éxito apabullante. Esa es una realidad paralela que no se compadece con lo que se vio en las calles. Me consta. Y no hubo pueblo. Pueblo de verdad. Mientras Uribe sembraba odio con sus arengas, Santos estaba acompañando humanitariamente a las víctimas de Mocoa. Esa es la diferencia. Desafortunadamente, la avalancha que fue y la que no fue sembraron muerte.

Dictum. Ojalá el rechazo a la marcha del odio convenza a los colombianos de que el país se merece la paz. Primero, la de los líderes.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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