Círculo virtuoso

Círculo virtuoso

Ante una amenaza real de ruptura y dislocación crónica, líderes han sido capaces de entrar en razón.

17 de abril 2017 , 01:51 a.m.

A finales de la década de los cuarenta del siglo pasado, estas tierras eran lo más parecido a un infierno. Con un ingreso per cápita similar al de Haití hoy, con 450.000 muertos y cientos de miles de desplazados por la violencia bipartidista, con una mortalidad infantil entre las más altas de la región, con una esperanza de vida que apenas superaba los cincuenta años, con un régimen político bien alejado de lo que debería ser una democracia liberal, no parecíamos precisamente un país muy viable.

Es innegable que la Colombia de hoy es otra muy distinta. No se trata de hacer una oda idealista al progreso de nuestro país, pero es evidente que seis décadas después de la violencia existen unas condiciones objetivas dramáticamente distintas. La rata de ascenso de los indicadores sociales y económicos de la nación supera la de la mayoría de sus pares. Incluso en las coyunturas más desafiantes, el país no ha dejado de avanzar y escalar frente a la mayoría de las naciones comparables en el contexto internacional.

Son muchas las explicaciones que se pueden dar. Así lo hacen con esmero Roberto Junguito y Carlos Caballero en sus recientes libros sobre la historia económica del siglo XX. Aun así, y por deformación profesional, me inclino a darle a la dimensión política –con sus consecuencias institucionales– un protagonismo catalítico en la generación de las dinámicas determinantes del acontecer nacional.

Los países –como pasa con los adolescentes– crecen a trancazos, no en línea recta y constante. El detonante es, por lo general, una disrupción política que sacude los cimientos y cambia la forma de organizar la sociedad y las instituciones. Contra lo que muchos sostienen, Colombia ha sido más sabia de lo que parece. Cuando hay una amenaza real de ruptura y dislocación crónica, las élites y los líderes se han mostrado capaces de entrar en razón, encontrando una vía para el consenso. Hace sesenta años fue así con la creación del Frente Nacional. Hace veinticinco años fue igual con la Constituyente de Gaviria. En ambos casos se hizo para permitir la paz e iniciar un nuevo ciclo virtuoso de prosperidad y unidad nacional.

El proceso de paz de Santos es el más importante desde el cierre de la guerra civil no declarada de la violencia partidista. Es una oportunidad no solo para “desarmar” a las Farc, sino, precisamente, para cerrar una era de guerra e iniciar un nuevo ciclo virtuoso que conduzca a uno de esos periodos que le han permitido a Colombia hoy no ser Haití. Pero eso exige la misma actitud que tuvieron quienes eran enemigos a muerte y encontraron el espacio para poner a Colombia por encima de sus ansias de poder.

Ese fue el caso de Alberto Lleras y Laureano Gómez, quienes, después de sentarse a conversar, firmaron en España las bases del Frente Nacional, en julio de 1957. Sesenta años después tienen el derecho a ingresar al panteón de los prohombres por el acto de patriotismo de salvarnos de la guerra fratricida, de la tragedia de un país pobre e inviable y de los reales riesgos de una disolución nacional. Eso sí es grandeza.

Hoy estamos en una coyuntura muy parecida a las que se han dado en los momentos cruciales de la historia de Colombia. Este país ha llegado al borde del precipicio y, en vez de suicidarse, ha vuelto a renacer por la sensatez tardía de sus dirigentes. Que continúe el círculo virtuoso depende de todos, pero en particular de quienes tienen la posibilidad de escoger entre el odio sectario o la concordia nacional.

Dictum. Es injusto tratar de excluir a los condenados del uribismo de la JEP. Si se quiere construir la paz, el perdón y la reconciliación deben ser para todos.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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