Proteger la paz

Proteger la paz

Los logros llaman a no perder la confianza a quienes se comprometieron con el proceso.

23 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Un sentimiento de desilusión y desconfianza crece en el país, ante la ineficiencia para proteger la vida de los líderes, la corrupción pública y privada, los dineros ilegales en las campañas, el aumento de la coca, los retardos en las veredas de concentración de las Farc, los vacíos de control en los espacios que estas dejan, la constatación de que son muchos los congresistas y no pocos los jueces que buscan sus beneficios y no los de la sociedad, los incumplimientos con el campesinado organizado.

Ante esto, la oposición política del Centro Democrático clama que todos los males empezaron con esta administración, sin querer ver que Colombia es una de las economías mejor libradas en la desaceleración del crecimiento en todo el continente; y sin mirar que desde hace décadas somos uno de los países más impunes del mundo, más corruptos, más violentos, más inequitativos, más injustos en la concentración de la tierra y primer productor de cocaína. Y que salir de este sótano del mundo, como lo ha encarado el difícil e inacabado proceso de paz, nos obliga a llevar a cabo profundas transformaciones.

A pesar de todo, allí están los logros, que son del proceso o que le son concomitantes, que llaman a no perder la confianza a quienes se han movido y comprometido con el mismo y llaman a la oposición a no perder la responsabilidad por el bien común en la pasión de la campaña. Tal es el símbolo de la reconciliación en la guerrillera que carga su bebé protegida por un soldado, la tranquilidad que ha regresado a la mayoría de los campos, la nueva confianza en la Procuraduría y la Fiscalía. Y, sobre todo, la toma de conciencia de las exigencias de la paz que tienen que ir hasta lograr el acuerdo con el Eln y sustituir los campos de coca por alimentos, y terminar con las bandas criminales y sus socios.

Lo que importa no es el futuro político de Santos ni de Uribe, ni de las Farc ni del Eln, sino el derecho a ser nosotros mismos.

Lo que todos deberíamos considerar es que estos años de negociación nos han metido en la encrucijada riesgosa, de dolores y controversias, por donde teníamos que pasar, para salir de la barbarie de ocho millones de víctimas. Pero tenemos el peligro de que por miedo o impaciencia ante las fragilidades y contradicciones institucionales, o simplemente por razones políticas, terminemos desbaratando lo caminado hacia la paz y destruyendo lo que se ha avanzado con tanto esfuerzo.

Sería muy grave que se arrasaran así los logros del esfuerzo laborioso y polémico que ha parado la más salvaje de nuestras guerras y nos ha puesto ante exigencias contundentes de sinceridad, verdad, transparencia y justicia, que meten en crisol lo que somos y tenemos como sociedad, Estado y economía.

Por eso, en este momento en el que muchas cosas tienen que transformarse, es necesaria la unión, en medio de la crítica oportuna y el debate público, para proteger lo andado y salir definitivamente de la violencia política armada. Pues esta era el obstáculo que no nos permitía encarar los grandes problemas estructurales que exige la irreversibilidad de la paz. Y en este empeño, lo que importa no es el futuro político de Santos ni de Uribe, ni de las Farc ni del Eln, sino el derecho a ser nosotros mismos, en una comunidad nacional donde la grandeza de todas la personas, sin exclusión, vaya de la mano con la magia de la naturaleza que nos fue dada.

Necesitamos ejemplos como los puestos por escrito esta semana por Mockus, cuando escoge el perdón, porque la paz está por encima del dolor del engaño; y por el general (r) Henry Medina, cuando valora el puente que hemos creado con este proceso y llama a que tengamos el coraje de atravesarlo; y necesitamos otra vez a los jóvenes de Paz en la Calle para que vuelvan a movilizarnos para cuidar del proceso que tenemos que perfeccionar siempre, pero que no podemos detener.

FRANCISCO DE ROUX

Columnistas

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