Días de impacto

Días de impacto

Oyendo al Papa, uno se pregunta si no hemos descuidado lo más importante: la vida y la dignidad.

14 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

La visita del papa Francisco nos consoló, por acrecentar entre nosotros la esperanza, la fe y la fraternidad; y nos desafió a poner en práctica las trasformaciones a que llaman sus mensajes.

En el primer discurso habló de paz. Valoró los esfuerzos por lograrla de las últimas décadas y particularmente del último año, la propuso como tarea de todos, por la unidad de la nación y la cultura del encuentro. Volvió a ella en el último discurso, para parafrasear a Pedro Claver, “Esclavo de los esclavos para siempre”, y nos invitó a ser esclavos de la paz para siempre.

Pasó de las multitudes y las eucaristías a tocar la carne del hermano herido: el beso a la mujer de rostro destrozado, el abrazo a soldados y policías mutilados, el diálogo personal con cada víctima, la ternura con los niños, la visita a la mamá negra de Cartagena y la acogida a quienes llegaron de la guerra de todos los lados. El hematoma en la mejilla, por darse a la gente de la calle, quedó en su cara como precio por la solicitud riesgosa por los demás.

Fue directo con los ciudadanos. La paz es de ustedes. No es de las élites, ni de los jefes políticos, ni de los gobiernos. No tengan miedo. Animó a los jóvenes a darlo todo. A los administradores y políticos los instó a terminar la desigualdad y la corrupción.

El Papa pasó de las multitudes y las eucaristías a tocar la carne del hermano herido: el beso a la mujer de rostro destrozado, el abrazo a soldados y policías mutilados, el diálogo con cada víctima...

Ponderó la riqueza en la biodiversidad del país y nos hizo responsables de protegerla. Llamó a cuidar de la familia, primer receptáculo de la vida y escuela de la moral. Y condenó enfáticamente el narcotráfico que destruye a la juventud atrapada por la cocaína.

Habló a la Iglesia, con aprecio y afecto. Le advirtió que no era aduana y que abriera las puertas a todo el mundo. Le pidió salir de seguridades para estar al lado del hermano en peligro. Y recordó a los sacerdotes que no pueden ser neutrales ante la injusticia y la violencia.

Cuestionó, con Jesús, las normas y ritos religiosos que se distancian del sufrimiento, y con ello las leyes del Estado meramente pragmáticas que no llevan a los cambios estructurales que protegen la vida y los derechos humanos. Al hacerlo, sin duda llevaba en el pecho el contraste de este país de 98 % de cristianos y católicos.

Piadosos en celebraciones hasta conmoverse. Que hace 20 años se mataban a razón de 85 bautizados por día, y hoy lo hacen a una tasa de 30 diarios; junto a una guerra de 8 millones de víctimas, que ha afectado sobre todo a los pobres.

Oyendo al Papa, uno se pregunta si nuestro catolicismo y cristianismo centrados en el culto y las normas no han descuidado lo más importante: la vida y la dignidad. Y si nuestras leyes pragmáticas, defendidas como dogmas intocables, no han sido códigos incapaces de resolver y normar cambios estructurales y respeto al ser humano y nos han dejado en la corrupción, la injusticia, la impunidad y la muerte.

Francisco nos llamó a cambiar sin miedo y con libertad hacia el encuentro, la verdad privada y pública, la justicia social y la de jueces probos, y a pedir perdón y perdonar.
Queda la grandeza de un pueblo que salió a las calles y trasnochó en parques y andenes, llevado por la fe y por la búsqueda ansiosa de liderazgo espiritual. La alegría de los jóvenes. Y la gratitud al Papa, y a quienes en la Iglesia prepararon por meses esta visita. El excelente trabajo, con sus equipos, del cardenal Rubén Salazar en Bogotá, y de los arzobispos Óscar Urbina, Ricardo Tobón y Jorge Enrique Jiménez; del nuncio apostólico, Ettore Balestrero, y la coordinación de monseñor Fabio Suescún.

Ahora es el tiempo de poner en práctica el mensaje de Francisco, sin miedo, sin detenernos ante la cizaña que crece desde todos los lados para ahogar la cosecha de la reconciliación nacional. Pues si no tomamos decisiones que nos cambien, la visita pasará con los días a ser solo un recuerdo grato.

FRANCISCO DE ROUX

Columnistas

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