Un deber supremo

Un deber supremo

La paz se construye en el jardín infantil, en la clase de matemáticas, en el curso de filosofía...

11 de julio 2017 , 12:00 a.m.

En el boletín virtual ‘Renovación magisterial’, de la Asociación Distrital de Educadores, se dice que después del paro del magisterio siguen “cuatro batallas para probarnos como organización sindical y social”. Las dos primeras constituyen el deber supremo de un maestro. La primera es fortalecer el movimiento civil en favor de la inversión social y la segunda, “continuar inclinando la balanza en favor de las fuerzas democráticas en el pulso que libra la Nación contra quienes insisten en reavivar el conflicto interno”.

Me preocupo cuando el lenguaje de la guerra invade todos los discursos, incluyendo el de la paz. Mejor sería invitar a superar con persistencia los desafíos que encierran estas dos propuestas que convocar un alistamiento para librar “batallas”, pues las herramientas de nuestro oficio para transformar la realidad son el conocimiento y la búsqueda de los ideales éticos más elevados.

Avanzar hacia la equidad requiere más que manifestaciones. Exige esfuerzo y capacidad de influencia intelectual en los círculos donde se toman las decisiones políticas y económicas. El trabajo de fondo se inicia en las aulas de la escuela primaria, ofreciendo a los niños la oportunidad de entender el mundo en que viven y fortaleciendo en ellos la voluntad de transformarlo. Si las nuevas generaciones de los sectores más pobres no aprenden a leer y escribir, no comprenden los conceptos matemáticos, no conocen su historia ni pueden entender las causas de la pobreza y la inequidad, tampoco buscarán el poder para transformar su realidad.

Las fuerzas que hoy amenazan la paz del país y atizan el conflicto ya no están en la selva, sino en organizaciones políticas

La voz de los maestros debería escucharse en todos los ámbitos de la sociedad y no solo en las épocas de conflicto laboral. Se debe conseguir espacio en los programas de opinión de los medios de comunicación, en las corporaciones públicas, en los foros académicos donde se discuten los grandes problemas locales y nacionales. Es un gran desafío para un gremio en el que abundan profesionales con maestrías y doctorados, en buena parte realizados en las mejores universidades del país y con el apoyo económico del Estado.

El segundo reto es inaplazable, pues las fuerzas que hoy amenazan la paz del país y atizan el conflicto ya no están en la selva, sino en organizaciones políticas y religiosas que, sin ningún escrúpulo, corroen el derecho a pensar con ilusión en el futuro, ofreciendo hacer trizas cualquier progreso conseguido.

El magisterio, con toda la fuerza que mostró en las calles, debería dedicar los meses próximos a explicar a los millones de niños y jóvenes bajo su tutela lo que significa la desmovilización de las Farc, la reducción de muertes entre civiles, militares, policías y guerrilleros, lo que representa avanzar por el camino de las ideas...

Pueden producirse materiales que lleguen a las familias, sin mentir como los otros, sin engañar, sin emberracar a nadie. Que los niños que sufrieron la guerra cuenten lo que significa para ellos la paz pactada. Fecode y otras organizaciones sociales podrían publicar a página entera de los diarios esos testimonios, para que muchos entendamos que hay otras voces que reclaman respeto. Los maestros debemos dar ejemplo a nuestros estudiantes de confianza y credibilidad, porque la paz se construye en el jardín infantil, en la clase de matemáticas, en el curso de filosofía que enseña a pensar por cuenta propia y a dudar de las medias verdades y las trampas de las redes sociales.

La esperanza de vivir en paz, las propuestas de cambios que promuevan la equidad y el reconocimiento de todos los avances que se vayan logrando en este largo camino del progreso tienen que ser más fuertes que la mezquindad de quienes quieren robarnos el futuro llorando por los tiempos idos. Siempre será más sencillo y popular decir no a toda propuesta de cambio que asumir la dura tarea de avanzar hacia nuevos ideales colectivos.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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