Pormenores de la jornada única

Pormenores de la jornada única

La  jornada extendida no es lo que pretende la ley y no es el camino para combatir la inequidad.

04 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Hay malestar entre algunos maestros de Bogotá alrededor de la ampliación de la jornada escolar en los colegios públicos. Conviene recordar algunos datos que quizá no estén frescos para muchos: en los años 60 la tasa de escolarización en secundaria no superaba el 20 % y la de primaria estaba por el 45 %, mientras el analfabetismo rondaba el 40 %. Esto explica que en 1966 se hubiera iniciado la doble jornada en bachillerato y en 1967 se hubiera regularizado en primaria. Esta medida estaba orientada a dar un impulso rápido a la expansión de la cobertura, que para esa época nos ubicaba entre los países más rezagados de la región.

El impacto fue enorme. La cobertura pasó de 1’270.000 estudiantes de primaria en 1960 a 3’900.000 en 1980, y el número de maestros de ese nivel pasó de 32.200 a 122.500. Se hizo un gran esfuerzo fiscal, especialmente por el aumento de personal docente y, sin embargo, quedaba un gran trecho por recorrer en las siguientes décadas. Lo malo es que la doble jornada se constituyó en la única alternativa ante la ausencia de recursos para la ampliación de infraestructura. Mientras las construcciones avanzaban a paso de tortuga, la expansión demográfica y el aumento en cobertura corrían a pasos más largos.

En 1994 se da un viraje fundamental con la Ley 115, en la cual se establece que “el servicio público educativo se prestará en las instituciones educativas en una sola jornada diurna”. La ley está vigente y han pasado 22 años sin que se cumpla. En los últimos cinco años, algunas administraciones locales y el Gobierno Nacional han iniciado acciones, pero sin acabar de definir un modelo claro.

Para que mayor tiempo escolar redunde en una mejora de la calidad, es indispensable que cubra
a todos los niños de todos los grados durante todos los días, con
un currículo integral.

En Bogotá, el alcalde Petro se comprometió con la jornada única sin saber cuánto costaba, dónde se hacía y cómo se organizaba. Era claro que no había en la ciudad infraestructura suficiente para tener 900.000 estudiantes en una jornada similar a la de los colegios privados. Eso requeriría casi duplicar el área construida, en una ciudad donde no hay espacio disponible para este tipo de infraestructura. Tampoco estuvo claro qué se iba a hacer, pues más de lo mismo parece no dar mejores resultados, como muestra la experiencia de otros países.

Para que mayor tiempo escolar redunde en una mejora generalizada de la calidad, es indispensable que cubra a todos los niños de todos los grados durante todos los días, con un currículo integral. De esta manera es posible avanzar en el proceso de reducción de las grandes brechas sociales que se reproducen a través del sistema educativo. Esto precisamente es lo que ha venido proponiendo la Secretaria de Educación desde el comienzo del año pasado, entendiendo que será un proceso gradual por las dificultades de espacio, pero que debe favorecer lo más pronto posible a la mayor cantidad de niños.

Lo que se ha llamado jornada extendida no es lo que pretende la ley y no parece ser el camino para combatir la inequidad, aunque para los niños que participan sea una oportunidad de desarrollar sus talentos. El problema es que no sea permanente, universal y articulada en el PEI.

Otra dificultad radica en la jornada laboral de los maestros. En los marcos normativos se estipula el cumplimiento de ‘una jornada laboral completa’, pero siempre se ha interpretado que cada jornada escolar equivale a una jornada laboral completa para los docentes. Desde entonces, los educadores asumen que es un derecho adquirido, y cualquier ampliación de la jornada escolar que modifique la jornada laboral debe venir acompañada de un ajuste salarial.

Ojalá el derecho de los niños a una educación de calidad y el compromiso político que implica formar mejor a las clases más pobres no dependan exclusivamente de las negociaciones laborales con el magisterio. Seguro hay fórmulas que concilien todos los intereses.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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