La paz que no pasa por La Habana

La paz que no pasa por La Habana

No solo la Ministra, sino todos los afectados por este feo incidente político-religioso merecen unas excusas de quienes dicen defender los más altos y elevados valores.

22 de agosto 2016 , 07:43 p.m.

Una cosa es negociar con las Farc la terminación de una confrontación armada de medio siglo y otra es desarmar los espíritus en una sociedad plagada de intolerancias disfrazadas de grandes e innegociables principios.

La historia de la intolerancia es la historia de la violencia y constituye el lado más oscuro de la evolución humana. Ideas religiosas, casi siempre trenzadas con intereses políticos, han constituido lo que en sentido estricto pueden llamarse ideologías.

Ya desde el Antiguo Testamento surge entre los pueblos semitas la idea de un dios terrible, excluyente y proclive al exterminio. Decenas de ejemplos bíblicos ilustran la ira de Dios. Se suponía que el advenimiento de Cristo con su mensaje de amor cambiaría las cosas. Pero no. Pesaron más los galimatías abstrusos de los teólogos que el ejemplo simple del perdón y se justificaron las cruzadas, la Inquisición, la persecución de los judíos, el sometimiento de los pueblos colonizados. Una letanía de barbaridades que componen la biografía de la infamia y cuyos efectos no cesan en la geopolítica contemporánea.

No es de extrañar que la propensión a eliminar lo que no ajusta con esa ideología dogmática haya explotado al tiempo en las calles, en el Parlamento y en las jerarquías eclesiásticas, por causa de una cartilla de educación sexual. Por supuesto, el objetivo no fue la cartilla, que podría haberse quemado como hizo en sus años mozos el encargado de proteger los derechos de todos los ciudadanos. El objetivo eran la Ministra de Educación y todos los que ‘amenazan’ los más altos y sagrados valores. Como en uno de esos autos de fe en que se quemaba a los herejes, la religión entrega la víctima al poder civil para no mancharse las manos.

El ejemplo cunde y quienes promueven estos linchamientos invocando principios superiores y eternos son quienes nos condenan a esta guerra perpetua que convierte a cada ser humano distinto en un enemigo. Todo lo contrario es lo que se pide con la revisión de los manuales de convivencia: que los colegios sean lugares de paz y convivencia. No es nada del otro mundo: es simplemente ratificar el derecho a existir, a pensar, a amar sin ser perseguido o señalado por ningún motivo, incluyendo la identidad sexual.

El ser humano es bastante más complejo que los animales y eso se expresa en una sexualidad que trasciende con mucho la acción reproductiva. La sexualidad crea vínculos, tiene miles de facetas expresivas y simbólicas que van más allá de un par de mamíferos que copulan. Eso, desde luego, incluye el placer y la diversidad del objeto amoroso.

La familia, a su vez, la buena familia no se define por quienes la componen, sino por las relaciones entre quienes la componen: familias extensas, monoparentales, poligámicas y tribales ha conocido la humanidad y en todas ellas hay buenos y malos modelos. Todos sabemos que esa familia ideal inventada muy recientemente por quienes juran no tener familia, y que nos la proponen como única alternativa fuera de la cual no hay salvación, no tiene ninguna garantía de funcionar bien y en infinidad de casos es un infierno donde proliferan el abuso, el odio y el maltrato. Muchos niños deben ser salvados de sus familias.

Debiera dejar tranquilos a todos el tema de las cartillas como inducción a cambiar de orientación sexual, porque si las cartillas funcionaran, con dos mil años de cartillas cristianas ya todos seríamos buenos y santos. Es tiempo de convivir en paz y aprender a compartir el mismo mundo. El actual pontífice católico ha abierto nueva esperanza para la humildad y la comprensión del ser humano en su complejidad amorosa.

No solo la Ministra, sino todos los afectados por este feo incidente político-religioso merecen unas excusas de quienes dicen defender los más altos y elevados valores, porque ese sí sería un mensaje claro de reconciliación.


Francisco Cajiao

fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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