Financiación y equidad

Financiación y equidad

A nadie se le ocurre que la calidad es secundaria. Educación superior de mala calidad es una estafa.

19 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

A veces no es claro lo que pretende el Gobierno con respecto a la educación superior. Por eso vale la pena traer a cuento algunos datos que permitan retomar la discusión con una perspectiva que supere la inmediatez y el mal hábito de pensar con el deseo sin dar tiempo para que la realidad avance al ritmo que necesita.

En 1990, la cobertura de la educación superior estaba en 8,1 % y se requirió una década para llegar al 13,82 % en 2000. En este año la matrícula oficial era apenas del 36,6 %, con 322.231 estudiantes, mientras en el sector privado se atendía a 555.943 jóvenes, 63,7 % de la población universitaria.

Para conseguir este incremento se crearon en el período 69 instituciones, de las cuales solo 27 fueron oficiales (39 %). Las 42 restantes fueron iniciativas privadas, respondiendo a una demanda que superaba en un 85 % la capacidad instalada en el país. Tal vez algunos vieron una oportunidad de negocio, otros presintieron que era una valiosa plataforma política y, sin duda, hubo grandes esfuerzos de liderazgo regional para mejorar las condiciones productivas de ciudades y departamentos.

Esto significa, en primer lugar, que la gran contribución a la expansión de la educación superior se hizo por causa de los ingresos salariales de las familias, pues más del 70 % de los ingresos de las universidades privadas provinieron de la matrícula. Pero también hay que destacar que esto hubiera sido imposible sin el aporte del Icetex al financiar ese gasto privado. En la década se beneficiaron por créditos directos y fondos en administración más de 650.000 jóvenes que de otra forma no hubieran podido asistir ni a las instituciones privadas ni a las públicas.

Buena calidad puede lograrse si los jóvenes tienen cómo acudir a las universidades con apoyo financiero y formas razonables de amortización

Hoy se muestra con orgullo que hemos superado el 50 % de cobertura, aunque ese porcentaje implique una distorsión importante al incorporar la formación tecnológica del Sena, que representa algo más del 20 %. A pesar de esto, la matrícula privada representa el 50 % y el 72 % de las instituciones, sostenidas principalmente con los ingresos de matrícula que paga una población de bajos ingresos.

La población de estratos 4, 5 y 6 constituye el 9,1 % de la población y hace mucho accede a la universidad, no solo porque tiene recursos, sino porque sabe la importancia de la educación para progresar. Aun así, familias con dos o más hijos tienen que recurrir al crédito. Pero la nueva población universitaria que acude a la educación privada proviene de los estratos 2 y 3, que constituyen el 68,3 % de la población.

Pues bien, a alguien se le ocurrió que para ser el país más educado de América Latina este grupo social debía exprimir sus bolsillos para que las universidades a las que van sus hijos contraten doctores, hagan investigación, internacionalización y publicaciones en revistas científicas inaccesibles. Además, en el Plan de Desarrollo limitó los créditos de Icetex a las universidades acreditadas, que son apenas el 15 %.

Por fortuna, hay en curso proyectos de ley que echan abajo semejante esperpento, y el Icetex ha entendido con claridad que si el Estado no tiene con qué ampliar la cobertura pública, que es lo que debería hacer, no puede seguir orientando todos los recursos hacia las universidades ya consolidadas deteniendo, por vía de bloqueo económico, el desarrollo de todas las que tuvieron que crearse para facilitar el progreso gradual del nivel educativo del país.

A nadie se le ocurre pensar que la calidad es secundaria. Educación superior de mala calidad es una estafa. Pero buena calidad puede lograrse si los jóvenes tienen cómo acudir a las universidades con apoyo financiero y formas razonables de amortización, como las que están discutiéndose en el Congreso. El Ministerio debe entender que el exceso de control no siempre es garantía de progreso: hacer las cosas cada vez más difíciles no estimula la innovación, la eficiencia ni la equidad.


FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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