El compromiso de los pediatras

El compromiso de los pediatras

Estos médicos cuentan con una gran autoridad sobre los pacientes, y son importantes educadores. 

10 de julio 2018 , 12:00 a.m.

‘La paz más allá de los acuerdos’ fue uno de los temas del VI Simposio Internacional de Actualización en Pediatría, que tuvo lugar en Cartagena la semana pasada, lo cual refleja la profunda preocupación de quienes se ocupan de la salud y el bienestar de la población infantil del país.

Es claro que la construcción de una sociedad en paz tiene que ver con la equidad, el diseño de políticas que permitan acceder a los servicios de salud desde la concepción, una adecuada alimentación y, principalmente, un proceso intensivo de educación de la familia, pues allí se generan los aprendizajes que hacen un individuo pacífico, capaz de convivir amablemente con los demás, o donde se reproducen las formas de violencia que tanto daño nos han hecho.

En este contexto, los médicos que se ocupan de atender a las mujeres gestantes y los que asumen la atención de los niños son los primeros y más importantes educadores, no solo porque tienen los conocimientos profesionales, sino porque cuentan con una gran autoridad sobre los pacientes. Esta autoridad los convierte en agentes excepcionales de cambio en asuntos tan importantes como los hábitos de crianza, que en muchos casos son los primeros modelos de maltrato, pero también les impone grandes exigencias éticas.

En efecto, son ellos quienes constatan cada día los atropellos contra los niños, y esa detección debería implicar siempre la denuncia ante las autoridades, con el fin de actuar oportunamente: el maltrato fue otra de las materias centrales del simposio. Pero también son los profesionales que pueden ayudar a las familias a regular y mejorar sus comportamientos para facilitar una crianza amable y amorosa.

Los pediatras han sido siempre tan importantes en esa educación familiar que redunda en la mejoría de las condiciones de bienestar de la infancia.

La clave de la convivencia pacífica está en la cultura, como la explica Clifford Geertz: “La cultura se comprende mejor como una serie de mecanismos de control –planes, recetas, fórmulas, reglas, instrucciones (lo que los ingenieros de sistemas llaman “programas”)– que gobiernan la conducta. El hombre es el animal que más depende de esos mecanismos de control extragenéticos, que están fuera de su piel, de esos programas culturales para ordenar su conducta”. Esto significa que desde antes del nacimiento se inicia el proceso de instalación de esa especie de software con el cual aprendemos a relacionarnos con los demás, y eso incluye el lenguaje, la forma que adquieren los vínculos afectivos, los modelos de negociación social de las necesidades, las expectativas y las creencias.

Muchas de estas primeras pautas de comportamiento que tienden a perdurar a lo largo de la vida se realizan en los primeros tres años de vida, así que cuando un niño ingresa al jardín, ya viene con una enorme carga cultural: ya sabe si la forma de convivir con otros es la amabilidad o la agresión o si los adultos son confiables. De sus padres habrá aprendido si cuenta con ellos o si su cuidado es delegado a otros, incluyendo la televisión o la tableta.

Ya desde la antigua Roma, Sorano de Éfeso recomendaba que en caso de que las mujeres quisieran recurrir a nodrizas para la crianza de sus hijos, tenían que cuidar del nivel cultural de esas personas, pues de ellas recibirían no solamente la leche, sino la lengua y la cultura. A igual conclusión llegan estudios contemporáneos como uno publicado en 2016 por la CAF, que muestra la inconveniencia de encomendar el cuidado de los niños pequeños a personas de bajo nivel cultural, incapaces de promover cambios positivos en la reducción de las brechas sociales.

Por eso, los pediatras han sido siempre tan importantes en esa educación familiar que redunda en la mejoría de las condiciones de bienestar de la infancia. Su capacidad de comprender y atender no solo los fenómenos fisiológicos, sino las condiciones sociales y culturales en las cuales viven los grupos de población, les dará un enorme potencial para sembrar desde el comienzo de la vida las mejores semillas de civilidad.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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