La paz, el pesimismo y el odio en Colombia

La paz, el pesimismo y el odio en Colombia

El odio crece en proporción al éxito. Es parte del ADN de una nación que debe aprender a respetarse.

27 de junio 2017 , 12:38 a.m.

Sorprende el pesimismo en Colombia. Lo digo no solo porque nuestro porvenir se anuncia mucho mejor que nuestro pasado, sino porque se está cambiando en el país una lógica de armas por política. Las críticas que surgen a esta frase han estado enmarcadas en el inmenso temor de reconocer que es posible cambiar un 'statu quo' de violencia por uno de reconciliación. También, porque quienes se oponen al cambio del estado de cosas consideran que la violencia colombiana continúa y continuará. Una suerte de gatopardismo: “Debemos trabajar para que todo cambie y así seguir en las mismas y con los mismos”.

Teniendo esto presente, durante las últimas dos semanas asistí a algunos eventos y tuve algunas conversaciones con intelectuales en Francia, Italia y España para explicar el modelo de justicia transicional pactado entre el Gobierno y las Farc. Ante la explicación dada, la respuesta fue unánime: una intensa alegría de que Colombia pueda abandonar años de insania y violencia. Parece que en el extranjero, y ya lo había constatado en México, Ecuador, Panamá, la excepcionalidad de la paz se comparte, llevando a entender la delicada tarea institucional que implicó la negociación de los acuerdos y su correspondiente implementación. Una prueba de ello es la recepción del presidente de Francia, Emmanuel Macron, al presidente Santos en París.

Por lo pronto, el proceso ha empezado a ser mirado con una lente electoral por la proximidad de este evento. Quedan tres reflexiones sobre lo que hemos venido observando en los últimos días.

La primera tiene relación con que la entrega de las armas a Naciones Unidas y la implementación del acuerdo deben sentar las bases para resolver no solamente un problema conflictivo con las Farc, sino una tensión latente entre la necesidad de entender el país en términos de desarrollo de esos territorios, llevando servicios básicos a las comunidades u otorgando “el derecho al Estado” o, por el contrario, considerar que la única opción es ocupar los territorios militarmente, obviando años de guerra, de víctimas y análisis que han demostrado hasta la saciedad la necesidad de reconciliarnos.

Un segundo aspecto tiene que ver con la necesidad de la pronta puesta en marcha de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) para acallar las voces de quienes siguen repitiendo que las liberaciones de guerrilleros y militares fundamentados en la Ley 1820 del 2016 son amnistías e indultos, desconociendo lo indicado en el numeral 40 de la JEP en el acuerdo de paz y el artículo 5.° del acto legislativo n.° 1 del 2017. Es cierto que ver salir terroristas de las cárceles es un mensaje nocivo, más aún cuando el mismo tribunal no se ha constituido, pero la única verdad sobre estas liberaciones es que aquellos que hayan cometido delitos de lesa humanidad, genocidio, graves crímenes de guerra no podrán ser amnistiados y tendrán que presentarse ante el tribunal de paz para responder por sus crímenes en el marco de un proceso de justicia restaurativa. En caso de no hacerlo, o no cumplir con los parámetros del sistema integral de justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición, deberán continuar cumpliendo su pena en la justicia ordinaria.

Un tercer punto tiene relación con que los órganos del Estado, en este caso el Legislativo, el Ejecutivo y la Corte Constitucional, entiendan el desafío de actuar en momentos excepcionales y no acudir, como torpemente lo hizo la mayoría de los magistrados de la Corte Constitucional al invocar la malhadada teoría de la ‘sustitución de la Constitución’, haciendo reflexiones como si Colombia fuera Suiza o Noruega. Somos reyes de las normas e interpretaciones jurídicas en un país hecho históricamente a machetazos.

Por lo pronto, como señaló con claridad en su entrevista con 'El Espectador' quien fuera el jefe negociador del acuerdo, Humberto de la Calle, debe acudirse al sentido común “sin entrar en un laberinto alucinante de aplicación de normas jurídicas que amenazan con continuar complicando la toma de decisiones. Estamos al frente de algo mucho más sencillo y es histórico: es el fin de una guerra, es algo tan simple como eso”.

Lo cierto es que el odio crece en proporción al éxito, y eso hace parte del ADN de una nación que tiene que aprender a respetarse y a convivir.

FRANCISCO BARBOSA
Ph. D. en Derecho Público, Universidad de Nantes (Francia), profesor de la Universidad Externado de Colombia@frbarbosa74

Columnistas

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