Chaparral en la historia de Colombia (II)

Chaparral en la historia de Colombia (II)

El sur del Tolima es la pasión de un país pujante que ha sabido sobreponerse a las dificultades.

15 de enero 2018 , 11:09 p.m.

Estaba en deuda con mis amigos fraternos de Chaparral, Tolima, y con la memoria de mi bisabuela, Mercedes Morales Rocha, oriunda de ese rincón nacional. El año pasado visité este municipio del sur del departamento en el marco del homenaje que se le rindió a uno de los hijos ilustres de ese pueblo, Alfonso Gómez Méndez.Ir a Chaparral no es un azar; se toma el camino hacia el sur y se desvía para visitar la zona más emblemática del Tolima por los grandes nombres en la historia, por su música, por su café, por ser el mismo corazón del conflicto armado colombiano.

El sur del Tolima es la pasión de un país pujante que ha sabido sobreponerse a las dificultades y ha mantenido una identidad particular en el ámbito de un pueblo pijao que se ha soportado culturalmente a lo largo de su historia. No es sino recordar que Chaparral fue destruido en el terremoto de 1827, que llevó a que el nuevo municipio se edificara a unos pocos kilómetros, gracias a la donación de Francisco Javier de Castro.

Al caminar alrededor del parque central, al frente de su iglesia se observa la plaza de los Presidentes. Un pequeño municipio que dio a nuestro país tres presidentes: el general José María Melo, el líder del radicalismo Manuel Murillo Toro y el jurista Darío Echandía. En Chaparral vieron sus primeras luces juristas y profesores como Alfonso Reyes Echandía, exmagistrado inmolado en la absurda toma del Palacio de Justicia en 1985; el profesor Antonio Rocha, el maestro Cesáreo Rocha Castilla, los exministros José Joaquín Castilla Rocha y Alejandro Bernate, el héroe del siglo XIX Patrocinio Cuéllar o el profesor de la Universidad Externado, exministro de Justicia, exprocurador y exfiscal, Alfonso Gómez Méndez.

En la actual sede de la Cámara de Comercio del pueblo y museo casa-gobierno, Darío Echandía, en su calidad de presidente encargado, gobernó el país con su gabinete durante una semana en 1944. Eran otros tiempos que anunciaban la inaplicación posterior de las reformas del expresidente López Pumarejo y el desplazamiento masivo de población en departamentos como Cundinamarca, Tolima, Huila, Cauca y Valle, entre otros.

Visitar Chaparral, como me ha ocurrido con Honda, Ambalema, Mariquita o el Líbano en el Tolima, es no solo repasar la historia colombiana y regional, sino ver sus gentes, escuchar y disfrutar a sus cantantes y compositores que, más que músicos, son verdaderos cronistas y poetas. Quedan siempre las conversaciones en donde fluyen nombres e historias como las del Paseo al Amoya, la sombrerera, las crónicas del músico Arnulfo Moreno, las guaraperías, la lotería de Riaño, la lechona, la quebrada ‘el Chocho’, “La última lágrima”, la sastrería de Federico, las arepas, un buen café templado, los campesinos llorando en la cantina ‘La botella de oro’ con la canción ‘la sangre de Gaitán’ y, por supuesto, la vista al cerro de Calarma desde el balcón de doña Elvira. En fin, tierras colombianas entrañables que nos definen mucho más que la idea central que ha tratado de predominar en la historia de nuestro país.

En el Tolima, lo que no se canta no existe. Esto lo prueba su himno 'El bunde tolimense' y la misma ‘Sombrerera’ –himno de Chaparral–, que lejos de ruidos de batallas y cantos marciales, nos ponen la piel de gallina al evidenciar con sus guitarras y tiples, los ríos, las montañas, los arroyos, los caminos, los cañales y sus gentes.

Ya que estamos de plácemes por la obligatoriedad de la enseñanza de la Historia, debemos volver a nuestros pueblos, sus historias y sus músicas. Estas joyas perdidas nos deben ayudar a reconstruir un proyecto de nación en Colombia, donde el conflicto se ha desplazado por la paz.

En Chaparral, Planadas o Rioblanco no era fácil sentirse seguro; hoy, las gentes están más tranquilas, y eso es una buena noticia en Colombia. Esperemos que el país se cohesione en su integridad sin exclusiones y, sobre todo, sin creer que hay colombianos de primera, segunda y tercera clase.

Adenda. 1. Magnífico el libro del Jaime Jara Gómez, 'Cuadernos de la violencia: memorias de la infancia en Villarrica y Sumapaz', Cajón de Sastre, 2017. Excepcional y sentido fresco de la violencia de los años cincuenta en nuestro país. Un testimonio de un campesino y artesano que luchó contra la violencia y fue asesinado por ella.

2. Deploro la muerte de Rodrigo Silva, hombre y símbolo de la cultura musical tolimense y orgullo colombiano a través de su dueto de Silva y Villalba. Me quedan en la memoria muchas canciones, entre ellas, ‘A quien engañas abuelo’, ‘El barcino’ y ‘Pescador, Lucero y el río’.

FRANCISCO BARBOSA

Columnistas

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