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¿Se reabre el debate?

Por: FLORENCE THOMAS | 6:00 p.m. | 26 de Abril del 2011

    Vuelve el revisionismo conservador a arruinar los avances de las mujeres: una iniciativa legislativa quiere tumbar el fallo C/355 del 2006, que despenalizó el aborto en tres casos excepcionales. Regresaríamos así al pequeño club de países que siguen considerando a las mujeres como ciudadanas de tercera (El Salvador, Nicaragua y Chile). Esta "cruzada" del Partido Conservador está en sintonía con los sectores religiosos más retardatarios del país. Sin embargo, ante este anuncio, que se hizo oficial el pasado lunes de Pascua, me siento tranquila. Sé que todavía tenemos algunos legisladores y una Corte Constitucional decente, que han entendido la cuestión del aborto como un problema de salud pública. Sí, señores, estoy tranquila porque sé, por pura convicción, al igual que usted, doctor José Darío Salazar, que no lo lograrán.

    Y aprovecho para pedir a los hombres -casi todos los gestores del proyecto son hombres- un poco de humildad ante lo que siente una mujer víctima de uno de los tres casos mencionados por el fallo de la Corte. ¿Qué puede saber un hombre de esta historia sellada en nuestra piel, que nos recuerda incesantemente que nuestro cuerpo no es sino un texto dictado por la cultura, una especie de pantalla sobre la cual proyectan desde hace milenios órdenes, deseos, fantasmas masculinos?

    Hoy, cuando apenas nos estamos recuperando de esta mutilación cultural, tenemos que exigir a los hombres algo de silencio, algo de humildad, algo de reconocimiento de su ignorancia en relación con nuestra historia. Hombres, si no logran entendernos -y no lo logran porque nunca nos han escuchado con una real voluntad de entender- tengan entonces la decencia de callar. Dejen de ser amos de un saber que no les pertenece. Dejen de lado por un rato esta autoridad intrínseca que los habita y concédanos un saber ajeno a su condición masculina. Ese saber emanado de un cuerpo que ustedes nunca podrán conocer, ni sentir, ni vivir. Ese saber nuestro.

    Y en cuanto a los hombres de iglesia, nunca he podido entender cómo se atreven en juzgarnos, en señalarnos, en castigarnos y en amenazarnos. ¿Dónde quedó su tan nombrada compasión, misericordia y caridad cristiana? Tal vez deberían volver a leer los evangelios, pues no sé cómo yo los entendí, pero, en mi fuero interno, sé que ese extraño hombre nombrado Jesús de Nazaret, revolucionario por haberse inventado una religión de amor, nunca hubiera condenado a las mujeres, y de hecho nunca las condenó. Conversó con ellas, las escuchó y las amó. Hombres de iglesia, no queremos más condenas.

    Además, sus condenas no han servido de mucho. Hemos seguido adelante y sus amenazas, sus excomulgaciones y sus proyectos de ley ya no nos asustan. Esta estrategia que, tal vez funcionó hasta los tiempos de nuestra revolución, ya se agotó. Y lo saben porque desde hace ya casi un siglo les hemos administrado duros golpes, específicamente en materia de derechos sexuales y reproductivos, que representan hoy día la cuarta generación de los Derechos Humanos. Nada, entonces, nos hará retroceder. Y no pedimos cosas del otro mundo, solo tenemos la firme convicción de que debe existir un mejor mundo para nosotras y para todas las mujeres del mundo.

    Hoy estoy tranquila porque sé que el Estado y el conjunto de la sociedad tienen fe en la profunda ética del cuidado de las mujeres y sabe que, a la hora de tomar una decisión como la de interrumpir un embarazo, ellas lo hacen con una inmensa responsabilidad y muy a menudo con mucho dolor y en soledad. Y termino esta columna haciendo una apuesta de esperanza: en cinco años, máximo, el aborto será totalmente legalizado en Colombia. Entonces, no pierdan su tiempo.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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