Y de nuevo el feminicidio

Y de nuevo el feminicidio

Muchos hombres no han podido asimilar los aportes de la revolución de las mujeres.

19 de abril 2017 , 08:30 p.m.

Sé que ya se ha dicho mucho sobre ese triste tema del feminicidio. Sin embargo, la maquinaria infernal sigue su curso: lean el relato de los últimos días de la vida de Claudia Giovanna Rodríguez para entender cómo se construye un caso aberrante pero no significativamente distinto de los centenares que ocurren al año en este país.

¿Dije centenares? Difícil es aproximarse con exactitud a alguna cifra estable, porque hay mucha imprecisión de las instituciones públicas. Solo entonces diré hoy, con algún grado de seguridad, que cada tercer día una mujer en Colombia muere por los golpes de un hombre. Y creo que, de hecho, ya es cada 36 horas. Lo que convierte a Colombia en uno de los países con mayor tasa de feminicidios en el mundo.

Sin embargo, a mí, les diré, no me importan mucho las cifras. Un solo feminicidio ya es demasiado. Diez, una exageración; 100, un imposible. Pero son más de 200 al año, muchos más. Mujeres que mueren asesinadas por los golpes de un hombre, los golpes, las balas de revólver, las violaciones con empalamientos y torturas que llevan a la muerte, etc.

El hecho de que todo lo que es bueno para la mujeres es bueno para los hombres no ha sido trabajado, asimilado o digerido.

Acordémonos de Rosa Elvira Cely. Y los victimarios no son cualquier hombre. En general, son su pareja, expareja, exnovio, un amigo, un conocido o un familiar. Y comienza siempre con un regaño, continúa con amenazas, azotes, bofetadas, prohibición de salir y controles permanentes, prohibición de decir lo que se piensa y lo que se siente, humillaciones públicas, abusos sexuales permanentes y amenazas de muerte que finalmente se cumplen.

Me gustaría, entonces, emitir algunas hipótesis que podrían explicar estos hechos. No es un ejercicio sencillo porque, en general, intervienen varios factores: problemas de alcoholismo, de salud mental, de pobreza y falta de pasados educativos.

Pero, desde mi punto de vista, este hecho sociocultural está relacionado también con un asunto poco mencionado: los hombres, muchos hombres, por no decir los hombres en general, no han podido asimilar los aportes de la revolución de las mujeres que se inició en Colombia en los años 90 y sigue siendo una revolución evidentemente inacabada.

Asimilar que las mujeres hemos construido autonomía, nos hemos empoderado, estamos tomando la palabra y hemos abierto la puerta de la casa para encontrarnos entre nosotras y construir mejores maneras de vivir nuestra humanidad es aún inaceptable para muchos hombres. Y este hecho, que hubiera debido ser entendido por nuestros compañeros –y afortunadamente lo fue para algunos– porque, evidentemente, todo lo que es bueno para la mujeres es bueno para los hombres, no ha sido trabajado, asimilado, digerido por muchos.

Quizás ante tantas urgencias no tuvimos tiempo o no supimos trabajar con ellos, mostrándoles lo que podían ganar con los aportes de estas nuevas compañeras que reclamaban un espacio en el mundo.

Al parecer, que existan mujeres inteligentes, mujeres capaces de asumir múltiples tareas sin muchas ayudas, a menudo sin ninguna ayuda, mujeres que aprenden la felicidad y logran, a pesar de todo, transmitirla a sus hijos e hijas, es aún un hecho inaceptable para esta Colombia que no logra contextualizarse en la paz. Sin olvidar que las mujeres aún no tienen derecho al derecho o que la expresión ‘justicia de género’ suena todavía como insólita...

FLORENCE THOMAS
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Columnistas

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