Una respuesta tranquila

Una respuesta tranquila

No sé qué se imaginan las mujeres y los hombres que detestan a las feministas. Sin nuestras voces y las profundas convicciones éticas no hubiéramos avanzado mucho.

09 de agosto 2016 , 07:34 p.m.

En la revista Carrusel de la semana pasada encontré el artículo de Virginia Mayer, una mujer que afirma enfáticamente: “No soy feminista”. Y en El Espectador, Mauricio Rubio de nuevo ataca –siempre agresivamente– a las feministas.

A mí personalmente me parece interesante poder leer de vez en cuando voces de hombres y mujeres alérgicas al feminismo. En respuesta a estos ataques, diría que no queremos tampoco que todas las mujeres sean feministas; no queremos un mundo hegemónico, unívoco y en el cual todas las mujeres sean del mismo color ideológico. Sabemos –además– que muchas mujeres tienen prácticas profundamente feministas y, sin embargo, no soportan esta denominación. Bien. No problem.

Y, bueno, para otras mujeres esta opción de nombrarse feministas ha sido motivada por una razón hondamente ética-política; una opción que nos ha permitido avanzar en equidad de género, en disminución de las discriminaciones y de las violencias en contra de las mujeres, en políticas públicas y legislaciones que cumplen, además, pactos tanto nacionales como internacionales firmados por Colombia. A sabiendas de que uno no cambia el mundo sin profundos procesos colectivos de transformaciones culturales y voluntad política.

También recordar a todas las mujeres colombianas y a los hombres que están interesados en la equidad y la justicia que sin las feministas no hubiéramos podido volvernos ciudadanas y tener el derecho al voto –y a este propósito les recomiendo leer el formidable libro que nos cuenta la vida de una mujer como Esmeralda Arboleda, escrito por la politóloga Patricia Pinzón de Lewin–, no podríamos nombrar derechos sexuales y reproductivos; es decir, recuperar el control de nuestro cuerpo, no tendríamos aún leyes de violencia contra las mujeres, de feminicidio, sentencias de la corte Constitucional, como la C/355, leyes de víctimas, de restitución de tierras para mujeres, etc.

No sé qué se imaginan las mujeres y los hombres que detestan a las feministas. Porque, sin nuestras voces y las profundas convicciones éticas de las que sí nos nombramos feministas y que han construido procesos colectivos que obligan al Estado a reconocer la deuda histórica que tiene con más de la mitad de la población colombiana, no hubiéramos avanzado mucho.

Dicho esto, vuelvo a enfatizar que no necesitamos que todas las mujeres sean feministas, pero sí quisiéramos que nos reconozcan y valoren lo que hacemos, porque no ha sido siempre fácil y nos tratan a veces –mucho menos ahora– de todo: de brujas, de mal amadas, de histéricas –y, sin embargo, como dice esta formidable cantante argentina Liliana Felipe: “¡Las histéricas somos lo máximo!–, de lesbianas, y sí, nos acompañan evidentemente mujeres lesbianas, transgeneristas y otras, pero la mayoría de feministas no son lesbianas y, si lo fueran, ¿cuál sería el problema?

Nos acompañan también muchos hombres solidarios con nuestras luchas, con nuestros sueños, hombres bellos, por supuesto; sí, Mauricio, muchos dicen que sin nosotras el amor sería distinto, menos intenso, menos bello y menos complejo... y probablemente hemos complicado algo la vida para todos y todas, pero estamos seguras de que luchando por más equidad y más justicia estamos viviendo en un mejor mundo que hace posible la paz.


Florence Thomas

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Columnistas

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