Laura, una chica con suerte

Laura, una chica con suerte

No te preocupes, no te vamos a abandonar. Ahí estaremos, porque la lucha sigue por un país más igualitario y tolerante.

07 de febrero 2017 , 07:38 p.m.

Laura, hoy entras en la zona de concentración. Estás ansiosa. Es normal. Has recorrido muchos kilómetros con ese equipo que pesa y que tu espalda resiente. Intuyo que lo que más deseas es dejar ese fusil que nunca fue totalmente parte de ti, aun cuando te daba alguna seguridad en estas inhóspitas selvas. No obstante, nunca tuviste tantos días de sueño tranquilo como en estos últimos meses. Pudiste, en algunas noches, volver a soñar con tus recuerdos de infancia. Esa pequeña finca de tu abuela donde jugabas con tus tres hermanitos cerca del río en estas tierras tan bellas de los Montes de María.

No sabemos las razones que te llevaron a vestirte de guerra. Quizás, algún día, podrás contármelas. Claro, rondaban los ejércitos extraños, como los que describe Evelio Rosero en uno de sus libros. Ahí te diste cuenta, con esa prematura y forzada adultez que tienen las niñas de este país, de que no había otra opción: era irte con los muchachos. No lo dudaste.

Sí, es posible que otros chicos y chicas tuvieran otras historias. Algunas de reclutamiento forzado. Otras, de enamoramientos y coqueteos. Pero la tuya fue elección. ¿Y quién te puede juzgar? Nadie lo debería hacer. Después de todo, ¿a quién le importaba tu futuro? Con toda seguridad, no a los políticos corruptos de Bolívar, no a los administradores de cuello blanco de la capital ni a los terratenientes de la región.

Y para ti las cosas parecían claras: ascender en la línea de mando de esos ejércitos del pueblo, estudiar marxismo, cantar baladas revolucionarias y enamorarte de un camarada. Era tu elección. Claro, a veces una elección de muerte: la de tus compañeros que te dolía en el alma, pero también la de esos soldados que siempre te impresionaron por su juventud.

Nunca soportaste el autoritarismo de algunos de los guerrilleros, quienes, no obstante los sueños revolucionarios, practicaban un machismo desaforado. Y a veces te asaltaba una nostalgia que nunca comprendiste del todo: un hermano muerto, una abuela que ya no estaba y de la cual nunca pudiste despedirte.

Llegaron rumores de paz. Al principio no los creíste, pero los indicios los fueron corroborando. Noches sin sobresaltos. Noches sin combates. Noches sin fugas. Los comandantes, en La Habana. Y entonces, Laura, por primera vez te pensaste fuera de la guerra; te pensaste en futuro.

Pero te quiero contar algo. Mientras estabas en la guerra, muchas mujeres hacían otra guerra, pero sin armas. Una guerra para que tú y yo pudiéramos decidir sobre nuestras vidas, sobre nuestro cuerpo, sobre nuestra sexualidad y ejercer una ciudadanía plena. Pero esto no ha sido fácil, y aún falta mucho.

Laura, tienes que saberlo, te vas a enfrentar a una sociedad aún muy patriarcal, muy machista y aún muy resentida y dolida con los estragos de la guerra. Y ahí te van a cobrar no solo ser mujer, sino también ser guerrillera, u hoy, exguerrillera. Pero no te preocupes, no te vamos a abandonar. Ahí estaremos, ustedes y nosotras, porque la lucha sigue por un país más igualitario y tolerante. Y ahora te necesitamos, las necesitamos, tú y tus compañeras para esa monumental tarea.

Laura: hoy es el primer día del resto de tu vida. Te deseamos toda la suerte del mundo. La necesitas y la mereces.


Florence Thomas

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Columnistas

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