A padres y madres de familia

A padres y madres de familia

En la sexualidad de sus hijos, de sus hijas, ustedes no podrán influir. Ellos son los únicos dueños de sus cuerpos.

23 de agosto 2016 , 05:34 p.m.

Los padres y las madres de familia pueden decidir sobre la educación de sus hijos y de sus hijas, no faltaría más. Pueden decidir en qué colegio los van a matricular; pueden decidir sobre su formación religiosa o no, sus amistades (mientras son chiquitos...), sus lecturas, sobre cómo utilizan sus teléfonos celulares o tabletas, sus maneras de divertirse, la hora en la que deben ir a la cama, lo que es bueno para su salud, sobre su dieta, sus castigos; miles de asuntos de la vida cotidiana, porque esto hace parte de la educación y es su responsabilidad.

Nadie, salvo algunos pedagogos muy libertarios, cuestiona esto. Nadie, y mucho menos la Ministra de Educación. Sí, ustedes son autónomos para decidir miles de aspectos que tienen que ver con su papel de padres de familia. Yo también, madre de dos hijos, decidí sobre todo esto. Decidimos, su padre y yo, sobre el colegio para ellos, acordamos que no habría ningún tema vetado ni un camino único para explorar esta vida, tan compleja a veces. Además, abrir camino a los hijos, amarlos, acompañarlos en sus primeros enamoramientos, en sus primeras decepciones, angustias y preguntas, para las cuales a veces ni siquiera lográbamos encontrar respuestas, es una tarea apasionante. Porque a medida que nuestros hijos, nuestras hijas, crecen, intuimos que son ellos, ellas, quienes encuentran las mejores respuestas: las suyas.

Sí, padres y madres: estoy con ustedes en todo esto. Pero con un límite infranqueable. Hay un aspecto de su educación que nunca será de ustedes: y me refiero a la sexualidad. Que el colegio sea confesional o laico, que hayan ido a misa todos los domingos y que hayan rezado en familia, que nunca les hayan hablado de la homosexualidad o del transgenerismo, o que lo hayan hecho, esto no cambiará nada porque el día que su hijo sienta que no logra identificarse con su cuerpo, no habrá nada que puedan hacer.

Ni psiquiatras, ni psicólogos ni nadie podrá cambiar este sentimiento y esta percepción de su hijo. Lo único que podrán hacer el día que, muerto del pánico, ese adolescente logre contarles es abrazarlo y decirle que ustedes estarán siempre a su lado, que lo seguirán amando exactamente como a cualquier otro de sus hermanos o de sus hermanas. Amarlo tal como él es, simplemente. Y digo simplemente porque de hecho es así de simple. Amar, acompañar, reír juntos, llorar juntos si acaso, informarse si en el colegio lo dejan tranquilo y no le hacen la vida imposible –y esto sí dependerá de los talleres que el colegio habrá previsto para los rectores y de alguna vigilancia del Ministerio de Educación–.

Y lo reiteraré con otras palabras: en la sexualidad de sus hijos, de sus hijas, ustedes no podrán influir. Ellos son los únicos dueños de sus cuerpos, de la manera como lo perciben, porque nacer hombre o nacer mujer no significa que la persona se identifique con su cuerpo. Además, ellos se enamorarán de quien quieran; sean hombres o mujeres. Amarán a quienes los estén haciendo felices y los enamoren, aun cuando ese enamoramiento no se enmarque en la normativa heterosexual.

Así es la vida, una vida que da sorpresas bellísimas. Una manera de enriquecerse con los hijos, con las hijas; de agradecer la vida y de encontrar otra manera de ser madre, de ser padre al lado de estos hijos, de estas hijas capaces de darnos sorpresas inesperadas. Y en esto, de nuevo, la Ministra de Educación tiene razón.


Florence Thomas

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Columnistas

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