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La frontera

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La frontera entre México y Estados Unidos es un territorio de crímenes, comercio y aventura; Jack Kerouac -el autor de En el camino- no veía la hora de cruzarla y poner los pies en un lugar en el que hasta el aire que se respira "es diferente". Las novelas policíacas -desde Jim Thompson hasta Georges Simenon- llegan por lo general a su clímax con una fuga al otro lado del río Grande. Cormac McCarthy retrata la frontera de lado a lado con los vaqueros de Todos los hermosos caballos. Los narcocorridos -para darle el toque mexicano- se han convertido en su horrorosa banda sonora.

"El miedo se respira", dice la artista colombiana Ana Adarve.
Adarve vivió en Monterrey entre el 2010 y el 2011 y quedó fascinada por sus paisajes desérticos, por sus montañas y sus cielos azules. "Es un territorio vacío -dice-. No hay nadie en varios kilómetros a la redonda." El calor es infernal: 48 grados. El único rastro de vida humana son los tráileres que atraviesan la frontera de lado a lado; camiones de varias toneladas que ruedan por la carretera con cargamentos herméticamente sellados. Pueden cargar cereales, juguetes, jugos, chiles y carne o -como revelaban las noticias locales- cientos de inmigrantes ilegales desnutridos y asustados, cargamentos de droga de varios millones de dólares o incluso cadáveres congelados. Adarve se propuso fotografiar ese misterio; hizo fotos de los camiones y los cielos. Tomaba su carro y se detenía en lugares arbitrarios de la carretera entre Monterrey y Torreón, un lugar por el que "pueden transitar 1.000 narcos al día" y tomaba las fotos sin bajarse del auto. "Una mujer con una cámara -dice- podía resultar sospechosa."

En otras ocasiones iba a Texas y tomaba fotos de los tráileres que le resultaban más atractivos. El resultado de todo ese trabajo de campo y de varias horas en el computador es la exposición que tiene en este momento en la galería El Museo, de Bogotá. Adarve hizo sus propias composiciones; creó sus propios paisajes con las fotos que había tomado. Mezcló nubes de tormenta con cielos azules, tomaba partes de un tráiler y las ensamblaba con las de otro, hasta que lograba el efecto visual que quería.

El resultado es sobrecogedor y técnicamente perfecto (en las fotos que están montadas es imposible pensar que no se trata de una sola imagen), pero, más allá de su virtuosismo, la muestra logra transmitir el espíritu solitario de la carretera. Hay fotos de llantas abandonadas, de avisos que anuncian lugares que parecen estar demasiado lejos, ruido de carretera; fotos de un cielo que está dispuesto a devorar a los desgraciados que no están bajo la sombra protectora de la cabina de un tráiler.

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