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El mal

Por: FERNANDO GÓMEZ | 5:43 p.m. | 02 de Septiembre del 2011

    Los miembros de algunas tribus se esconden de los fotógrafos y de las cámaras para evitar que les arranquen el alma de un clic. Ninguno tiene el más mínimo interés de ser parte de 'National Geographic' o de Google. La exposición de Sergio Gómez en la galería Alonso Garcés, de Bogotá, es un motivo para darles la razón; el artista antioqueño, de 32 años, no solo les arrebata el alma a sus modelos de un golpe, sino que deja al descubierto sus rincones más siniestros. Gómez es un Dante Alighieri moderno. Su infierno y sus demonios se encuentran en las calles. En el niño sentado en la esquina de su barrio. En el gesto de la mujer más atractiva del bar de moda de Medellín. En la universidad. En la casa de su vecino. En los ojos de su mejor amigo.

    "Mi cámara -dice Gómez- se convierte en un dispositivo que me permite fijar una imagen aterradora, sobrecogedora, que habitualmente no somos capaces de percibir. El lado más sombrío de los otros; quería algo duro, que golpeara en el estómago del espectador y que lo hiciera cuestionarse sobre sus intenciones". Y lo logra. Después de ver sus retratos, es imposible no ver cierto halo de maldad en los ojos del vigilante de la galería o en el de la secretaria.

    Gómez -en lugar de trabajar al 100% en el computador, como la mayoría de sus contemporáneos- manipuló las fotos con técnicas relativamente tradicionales y finalmente las presentó como serigrafías -con tinta metálica sobre papel mate- para darles la apariencia de un viejo daguerrotipo del siglo XIX. Pero su golpe genial tiene que ver con algo tan sutil, que es imposible verlo en el mundo real.

    Gómez retrató a personas comunes y corrientes y las convirtió en delincuentes. O en algo peor: en agentes del Mal. En personajes tan terribles como los demonios medievales y con una mirada con tanta intensidad -con el iris y la pupila rodeados de un blanco aterrador- que sólo Satanás sería capaz de hacerla rendirse. Gómez logra que los rasgos físicos más insignificantes se conviertan en indicadores de malas intenciones.

    Las cicatrices del acné de un hombre, o su manera de agarrar un cigarrillo, misteriosamente delatan su bajeza. Las ojeras de otro hacen pensar que su reino es la noche y el vicio. El pelo escaso de otro y la forma de sus labios hacen pensar en un cretino tan malvado como el ayudante del Dr. Frankenstein en los filmes de los años 50. Los tatuajes de una adolescente remiten al horror de una pandilla de asesinos y los hombros desnudos de otra -que en otro contexto y en otros ojos- se verían supremamente sensuales, aquí se ven como el signo fatal de la vida en los callejones. Bienvenidos al Infierno.

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