La ética profesional

La ética profesional

La solución de ese perverso mal no es solo a través de una reforma de la justicia.

11 de septiembre 2017 , 02:42 a.m.

Cada día que pasa, los colombianos comprobamos con pena, frustración y rabia que la corrupción en nuestro medio es una planta silvestre que crece en todas partes. No hace mucho comentaba desde esta columna los estragos que la corrupción ha causado en el sector de la salud. Lo mismo ocurre en otros ámbitos: el financiero, el parlamentario, el militar, el político, el religioso, el judicial... En fin, no hay reducto alguno libre de contaminación. Si estuviera vivo el ‘Tuerto’ Luis Carlos López seguramente exclamaría: “¡Qué diablo!... Si estas cosas dan ganas de llorar”.

Para cualquier sector que tenga injerencia en el transcurrir social, la corrupción es una desgracia, una verdadera calamidad, existiendo algunos en que, por su trascendencia, su percepción es más dolorosa. Sin duda, los de la salud y la justicia encabezan la lista, pues los profesionales encargados de dispensarlas son los responsables del bienestar y la felicidad de la sociedad toda. De ahí que la enseñanza de la ética, o formación moral, adquiera relevante importancia en las carreras de medicina y derecho.

Desde 1980, a través del Decreto-Ley 80, quedó establecido que la enseñanza de la ética posee calidad de obligatoria en todas las carreras universitarias, es decir que la formación profesional debe tener un componente ético. Tan fundamental disposición ha sido preterida en la práctica, pues no se cumple de manera general, y si se tiene en cuenta adquiere carácter de cenicienta del pénsum correspondiente, siendo considerada por algunos como ‘clase de costura’. En otras palabras, la ética es menospreciada.

En la actualidad, todos estamos confundidos con el escándalo en el sector judicial. No era raro que salieran a la luz pública deslices éticos de algunos profesionales del derecho, a nivel de jueces municipales y de litigantes de baranda. Lo que parecía improbable era que los magistrados de las altas cortes pudieran ser actores de conductas corruptas, que la toga del magistrado pudiera ocultar a un transgresor de la ley.

Séneca, considerado uno de los más grandes moralistas de la antigüedad, afirmaba que el foco originario de la ética es el sentimiento de dignidad de la persona. Quien carece de ese sentimiento no dispone de voluntad moral. Y la dignidad –tan difícil de definir– es, en últimas, la más preciada de las virtudes que puede tener un ser humano. Aquel que la pierde es presa fácil de las más bajas pasiones. Alguna vez Séneca manifestó aborrecer la idea de ejercer la función de juez, de “vestir la perversa toga de magistrado”, quizás por haber advertido la falta de dignidad en algunos de los administradores de justicia. Yo diría que la toga no es la perversa, sino quien la viste careciendo de dignidad, de voluntad moral.

La anterior consideración me lleva a pensar que la solución de ese perverso mal no es –como se viene proponiendo– solo a través de una reforma de la justicia, que, según se ha comprobado, no es ciega –que lo debe ser– sino también sorda, coja y sinvergüenza. Es evidente que los aspectos procedimentales son importantes para que la justicia marche bien, para que no cojee. Pero opino que para corregir la falta de vergüenza se hace necesario rescatar y mantener vigente la dignidad de los encargados de impartirla. Entonces no habría prevención hacia la toga del magistrado, como la tenía Séneca.

Aceptando que hay que atender los vacíos y defectos de lo procedimental, es igual de urgente y necesario enfilar baterías hacia las escuelas formadoras de juristas, que es de donde proceden los futuros administradores de justicia. Si no se pone atención a que en ellas se enseñe con convicción e insistencia lo que es la dignidad del abogado –vale decir, la voluntad moral, que es el sustento de la ética–, la justicia en Colombia carecerá de la credibilidad que infortunadamente ha perdido.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

Columnistas

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