Visitar a Salmona

Visitar a Salmona

Sus obras permiten entender que aún podemos encontrar motivos para el gozo en la arquitectura.

16 de octubre 2017 , 11:41 p.m.

‘Dejar a la hiedra y al tiempo una ruina más bella que las otras’. Rogelio Salmona había escrito en un trozo de papel esta frase de Apollinaire con su puño y letra. La pegó en una pared de su oficina del piso más alto del edificio de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, que él diseñó, y que está en frente de las emblemáticas Torres del Parque, uno de los más hermosos símbolos capitalinos, también diseñadas por él.

Aquella frase lo inspiraba. Y, sin duda, regía su trabajo. No son pocas las obras bellas que dejó en este país que hizo suyo: obras que algún día serán ruinas majestuosas. Ruinas que hoy, antes de serlo, les permiten a sus habitantes y a sus visitantes el gozo y despiertan o alimentan en ellos su curiosidad.

Soñó de niño la arquitectura, cuando era vecino del barrio de Teusaquillo, por entonces en plena construcción: se fascinaba a diario con la faena de los obreros que movían ladrillos de un lado para otro, que los sumaban con gracia para darles forma a aquellas casas de acento inglés con buhardillas encantadoras y antejardines inspiradores.

Trabajó varios años en París al lado de Le Corbusier, uno de los más grandes arquitectos de la historia. Mientras formaba parte del selecto grupo de sus asistentes, viajó de vacaciones a Andalucía, y solía recordar su paso por Granada como un momento que marcó un antes y un después en su carrera. Mientras recorría La Alhambra –y contemplaba desde allí la ciudad mora que se extendía a sus pies– comprendió que la verdadera arquitectura, al tiempo que presta un servicio, debe promover el deleite de los sentidos. De todos los sentidos. Y entendió que las obras se deben a un lugar, a un entorno, a una época. Y que, de preferencia, deben ser descubiertas mientras se recorren, mientras se habitan.

Se acaban de cumplir 10 años de la muerte de Rogelio Salmona. ¡Qué falta les hace a Bogotá y a Colombia! Visitar sus obras puede ser un buen ejercicio para entender que –a pesar del descuido en el que tenemos a nuestras ciudades– aún podemos encontrar en la arquitectura muchos motivos para el gozo y la admiración: ¡qué tal, por ejemplo, caminar al lado de los espejos de agua de la Biblioteca Virgilio Barco, subir al techo del edificio de posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, admirar la geometría de los pisos del Archivo General de la Nación!

FERNANDO QUIROZ@quirozfquiroz

Columnistas

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