Viajar, leer

Viajar, leer

Quien se ufana de alimentar con libros una hoguera cierra puertas y ventanas para morir de asfixia.

11 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Placeres enormes, sin duda, viajar y leer constituyen, además, remedios poderosos contra dos de los más detestables pecados que ha cometido –y que tristemente sigue cometiendo– la humanidad. Así de claro lo dijo don Miguel de Unamuno en una frase que ha hecho historia: “El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”.

Viajar, sí, saber que el mundo se extiende más allá de las fronteras. Que hay quienes hablan lenguas diferentes de la nuestra. Que hay otros colores de piel. Que llegan a la mesa ingredientes que no crecen en nuestras huertas o tienen preparaciones que poco y nada tienen que ver con aquellas de nuestras abuelas. Y se come a otras horas, con herramientas que no se parecen a nuestros cubiertos. Que se han levantado los lugares para vivir y para trabajar con diseños que quizás no guardan semejanza con aquellos que hemos habitado. Que se rinde culto a otros dioses, a otros ídolos. Que hay maneras atípicas para nosotros de acceder a la diversión. Que los caminantes deben seguir reglas que no son las mismas con las que nos educaron.

Viajar, sí, y ojalá coincidir en un vagón de tren –en una plaza, en un mercado de alimentos– con gente que refleja en su piel razas, genes y lugares de procedencia muy lejanos del nuestro, y muy distantes entre sí. Y entender que el mundo es mucho más rico a partir de la diversidad. Que es fascinante saber cómo han enfrentado la vida los que nacieron al lado del desierto, en la cima de una montaña, en una isla con poquísimos habitantes o en una urbe con millones de seres que caminan en todas las direcciones posibles. Y entender que sus corazones pueden albergar sentimientos diversos cuando levantan la mirada al cielo y contemplan las estrellas.

Leer. Viajar a través de los libros. Acceder a mundos lejanos y fascinantes sin moverse de la silla. Conocer formas diversas de pensar, de explicar el misterio de la vida –y el misterio de la muerte–, de sumar fuerzas en busca de un fin común.

Entender que quien se ufana de alimentar con libros una hoguera es como aquel que cierra puertas y ventanas para morir de asfixia –e intoxicado con su propio veneno– en un sótano oscuro.

Ahora que soplan vientos de tormenta pienso mucho en Unamuno. Y lamento que haya tantos que se nieguen a entender que el mundo es mucho más interesante que aquel que les han pintado.

FERNANDO QUIROZ

Columnistas

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