Una postal

Una postal

Óscar Figueroa lloraba mientras veía pasar en su cerebro esa vida que empeñó para darnos una medalla de oro.

22 de agosto 2016 , 07:49 p.m.

De las muchas postales que dejan para Colombia los Olímpicos de Río –la rueda de la bicicleta de Carlos Ramírez apenas unos milímetros por delante de la del norteamericano Nicholas Long al cruzar la meta, la caída de Sergio Luis Henao que nos hizo devolver de nuestras cuentas esa medalla que parecía inevitablemente suya, el gesto de impotencia de Jackeline Rentería cuando sus fuerzas no le alcanzaban para superar a la rival de Azerbaiyán que la dejó sin opción de subir por tercera vez a un podio olímpico, el vuelo de Mariana Pajón sobre la pista de BMX que logró que el corazón de los colombianos se acelerara de la felicidad, la enorme y contagiosa sonrisa de Caterine Ibargüen mientras aterrizaba en la arena triunfal de Río–, de todas ellas, de las postales que dan cuenta de la elasticidad de la que es capaz el cuerpo humano, de las que lo exhiben en todo su esplendor, de las postales que recrean momentos inolvidables de dolor, de celebración, de frustración, de alegría sin límites... de todas ellas quizás la más impresionante es la del pesista Óscar Albeiro Figueroa al recibir la medalla de oro por su excepcional levantamiento.

Una postal bañada en lágrimas. Durante el momento más feliz de su vida, Óscar Albeiro lloraba. Lloraba a mares.
Lloraba, porque los hombres también lloran –¡lloramos!–, incluso los más fuertes. Porque no solo no es cierto que los hombres no lloran, como enseñaban antes y como siguen insistiendo algunos, sino que para ser verdadero hombre hay que saber llorar. Hay que conmoverse: y, a veces, conmoverse hasta las lágrimas.

El primer hombre en obtener una medalla de oro olímpica para Colombia confesó que durante esos segundos de gloria por su cabeza desfilaron tiempos idos, viejos dolores, sueños aplazados, promesas incumplidas.

Pensaba en los suyos, en los que no han dejado de animarlo, pero al mismo tiempo volvía a oír a aquellos que hasta último momento dudaron de él. Pensaba en los treinta gramos que le hicieron falta en Atenas para subirse al podio. Pensaba en que apenas unos meses atrás estuvo a punto de quedar cuadripléjico por una lesión cervical. Y pensaba en el cirujano que lo sacó adelante: ese hombre al que le colgó la medalla a su regreso.

Óscar Figueroa lloraba mientras veía pasar en su cerebro esa vida que empeñó para darnos una medalla de oro. Una postal inolvidable.


Fernando Quiroz
@quirozfquiroz

Columnistas

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