Soberbia

Soberbia

Que todo gira a nuestro alrededor: eso pensamos a veces. Eso creemos: y lo repetimos y predicamos.

13 de noviembre 2017 , 11:44 p.m.

Que todo gira a nuestro alrededor: eso pensamos a veces. Eso sentimos. Eso creemos: y lo repetimos y lo predicamos, como si fuera cierto. Como un credo. Como una declaración de principios. Como un manifiesto. Eso creemos: que somos el centro del universo. Que somos lo más importante de la creación: o tal vez lo único que de verdad importa: todo lo demás está hecho para nuestro servicio, para nuestro gozo, para nuestro uso.

Que nos fue dada la inteligencia de manera exclusiva: y hemos dado varios pasos adelante en la evolución. Tantos que ni siquiera vale la pena mirar atrás: allí en donde habitan los delfines, los chimpancés, las ardillas, los pájaros, los pulpos. Todas las especies resultan menores si se las mira frente a nosotros. Todas sus capacidades parecen insignificantes: hasta la memoria de los elefantes.

También nos dieron la belleza: y no dejemos de mirarnos al espejo. De admirarnos. De alabarnos.

Y el talento. ¡Qué digo... los talentos! Tantos como para cambiar todo cuanto está a nuestro alrededor si así se nos antoja: para construir nuestro propio universo: para crear colibríes más bellos que los que a veces vemos llegar al balcón. Para pintar montañas más imponentes que estas que contemplo desde la ventana, ahora rojizas, un rato atrás de un verde que parecía eléctrico, más tarde cubiertas por un velo de neblina.

Y pensamos que la fuerza, si no la poseemos en grado sumo, es porque se trata de un asunto de bestias. La prehistoria. Herramienta para necesidades lejanas en el tiempo. La fuerza bruta... Para ganarles el pulso a los poderosos hemos creado las máquinas. Las armas. Al hombre le bastaría con apretar un gatillo u oprimir un botón para que la fuerza se haga sentir con todo su rigor. Brutalmente. Para que, de esa manera, podamos sentir que, en todo caso, sí somos los más fuertes. Si nos da la gana serlo.

Y sentimos que somos los poseedores de la verdad. O, quizás, que somos la verdad misma. Y vamos abriéndonos paso en nombre de esa verdad: a machete, con cauchera, a patadas. Porque también somos los dueños de todo cuanto vemos: hasta donde alcance la vista.

Con esos títulos y esa verdad podemos perforar montañas, cubrir los campos, erigir chimeneas, acabar con las otras especies: al fin y al cabo somos la razón de ser –o eso creemos– y lo demás existe para nuestro deleite, para nuestro abuso.

FERNANDO QUIROZ@quirozfquiroz

Columnistas

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