El odio como estrategia

El odio como estrategia

El odio es el dedo sobre el gatillo. Y el sábado pasado disparó en todas las direcciones posibles.

04 de abril 2017 , 12:00 a.m.

De las muchas palabras que salieron a marchar el pasado sábado –‘confusión’, ‘cinismo’, ‘ingenuidad’ y ‘mentira’, entre otras–, la que destacaba, la que movía a las masas, la que guiaba a las otras palabras era el ‘odio’.

Se adivinaba fácilmente en la cara de los manifestantes, en los testimonios recogidos por la prensa, en las pancartas ofensivas, en la sed de venganza, en esas arengas que en realidad eran insultos... en los malos deseos que reemplazaron a los propósitos, a las propuestas y a los compromisos.

Los viejos zorros de la política lo han hecho siempre –porque la política es casi tan vieja como la humanidad–: elegir un sentimiento primario y exacerbarlo hasta las últimas consecuencias. Inocularlo, como un germen que se multiplica sin demora. Y avivarlo a cada instante, con cada declaración, mientras se transmite de uno a otro, más rápido que la gripa. Mientras acaba de hacer metástasis en una sociedad enferma y débil.

La estrategia la afinaron con asustadora y cruel maestría aquellos que en el siglo pasado hicieron del nacionalismo un motivo de discriminación.

La estrategia es vieja y es cruda. Las cruzadas constituyen un clásico en la materia: una obra maestra de la cual han aprendido muchos: con la promesa de llevar la salvación a los pueblos que estaban condenados a un infierno que no existía, arrasaron civilizaciones y menguaron poblaciones para que quienes venían detrás pudieran quedarse con todo.

La afinaron con asustadora y cruel maestría aquellos que en el siglo pasado hicieron del nacionalismo un motivo de discriminación, una máquina del terror, una fuente de crueldad.

El odio es el dedo sobre el gatillo. Y el sábado pasado disparó en todas las direcciones posibles. Una mujer mayor a la que habían logrado confundir con los mismos argumentos que difundieron en los días previos al plebiscito decía que estaba allí, en la marcha, porque quería proteger a sus hijos de la homosexualidad y no iba a permitir que les impusieran un nuevo modelo de familia. Un hombre que acudió a las calles, indignado, porque acababa de oír la acusación de un senador de la República contra las Farc por la tragedia de Mocoa, marchaba sin comprender que formaba parte de un río de odio que hace rato se desbordó y que no ha hecho otra cosa que sepultar principios y oportunidades para un país que no logra ver la luz al final de tantos túneles. Para un país que merece la oportunidad de la reconciliación y del renacimiento.

FERNANDO QUIROZ

Columnistas

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