Domingo de playa

Domingo de playa

Debería ser contenido obligatorio del pénsum escolar promover el cuidado ambiental.

10 de julio 2018 , 12:00 a.m.

¿De quién es la playa? ¿De todos, de nadie? Me lo preguntaba el domingo pasado, mientras veía descender el sol sobre el mar desde una playa del Caribe colombiano, mientras contemplaba los brillos de plata y de oro, primero, y más tarde la estela rojiza que dibujaban los últimos rayos, antes de desaparecer.

De todos, pensé. Porque ese sol y esos brillos a todos nos pertenecen. Al hombre de gafas oscuras que duerme la siesta en una hamaca del piso diez –aunque duerma con las gafas puestas, aunque desestime la belleza del espectáculo–, a la mujer que toma fotos de la puesta con su teléfono celular, al joven de Venezuela que vende cervezas muy frías, a la familia que viajó desde aquel pueblo que está tan cerca del mar y tan lejos de la playa.

Cuando casi todos regresaron a sus hoteles, a los buses intermunicipales, a los caminos de vuelta, la playa quedó tapizada de envases, de empaques.

El espectáculo cambió de repente: cuando casi todos regresaron a sus hoteles, a los buses intermunicipales, a los caminos de vuelta, la playa quedó tapizada de envases, de empaques, de las huellas más diversas de un domingo de excesos. Del icopor en el que llegó un pescado frito que no era pargo pero que cobraron como tal, de los envases plásticos de un agua que sabía a plástico, de las bolsas de papas fritas, de las cajas de esos jugos que descaradamente prometían ser de fruta.

¿De quién es la playa? ¡De nadie!

De tres o cuatro: de la mujer que recogía con su hija de ocho años los vestigios de la inconsciencia ajena, del par de jóvenes que recorrían la playa con una pancarta que rogaba a gritos que adoptáramos el mar, del señor que hace mucho se resignó a los oídos sordos de aquellos a los que al principio les explicaba cómo estaban envenenado el océano, asfixiando las tortugas, intoxicando los peces, ensuciando el paisaje...

Les importa muy poco a las autoridades: está visto. Y en las casas de familia no ofrecen el buen ejemplo. Les corresponde entonces a las instituciones educativas –y debería ser contenido obligatorio del pénsum escolar– promover el cuidado ambiental, el respeto por un mundo que no es solo del hombre y que a este paso ni siquiera al hombre le va a quedar, la protección de las fuentes hídricas, el reciclaje, el uso racional de ciertos materiales.

Lo bueno es que a los niños les basta una primera explicación, y la lección queda aprendida para siempre. Simplemente hace falta la intervención de las autoridades educativas. Con evidente urgencia.

FERNANDO QUIROZ

Columnistas

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