Derecho al hastío

Derecho al hastío

El 17 madrugaré, y después de votar quizás me siente a ver el encuentro entre México y Alemania.

29 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Así las cosas, habrá que buscar la manera de distraerse, de pasar la página, de cambiar el canal. De salir a caminar sin detenerse ante las vallas. De evitar la tentación de poner el tema. De hacerles el quite a los corrillos en los que no han terminado el conteo de votos. De perderse en las notas de alguno de los conciertos brandenburgueses de Bach –el quinto, por ejemplo– y permitir de paso la sanación de la buena música. De comprometerse en la cocina con recetas de largo aliento.

Dirán que es el momento de hablar de política, que si no es ahora cuándo: y quisiera decirles que en este país tan profundamente político es tema de todos los días. Fútbol y política. Y agradezco que el primero esté a punto de tomarse el protagonismo por unos días.

Dirán que hay que analizar lo que sucedió el pasado domingo en las urnas: y quisiera advertirles que no deben confundir el análisis con la palabrería, con las razones que dicta el odio, con los lamentos improductivos.

Dirán que es el momento de pensar por quién votar en segunda vuelta: y les preguntaré si es que acaso no tienen el voto definido hace rato.

Dirán que hay que analizar lo que sucedió el pasado domingo en las urnas: y quisiera advertirles que no deben confundir el análisis con la palabrería.

Insistirán. Dirán que han esperado cuatro años precisamente para esto: para asistir a la corrida... y primero al condumio y a la salida al remate. Y ya no pondrán atención cuando les diga que el condumio comenzó hace un par de años y que no dudo que al remate le darán otros dos.

Dirán que no quieren oír razones, y no tienen por qué hacerlo: tienen el derecho a seguir en sus pronósticos, como yo tengo el mío a sentir hastío de un arte que dejó de serlo, de un debate que perdió altura, de una contienda que se asume desde la acepción de riña y no desde aquella de la discusión. Y el derecho a sentir que quiero dedicarles tiempo y ganas y neuronas a otros asuntos. A decidir que le daré prelación en las próximas semanas a mi deseo de visitar a Guillermo Wiedemann, en el Museo Nacional, a recorrer las páginas de esta maravillosa narración de Elena Poniatowska que me espera en la mesa de noche y en la que me habla del México de mediados del siglo pasado –y de moles poblanos y de quesadillas de huitlacoche y de dulces de piñón–, a ver Casablanca por enésima vez, ojalá a la hora del próximo debate.

En todo caso, el 17 madrugaré a las urnas: y después de votar quizás me siente a ver el encuentro entre México y Alemania.

FERNANDO QUIROZ

Columnistas

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