Aquel junio frío

Aquel junio frío

Quizás fue allí mismo, en la calle Corrientes, en donde se empezó a hablar del realismo mágico.

13 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Con admiración enorme, contaba el novelista argentino Tomás Eloy Martínez que lo había impresionado la escena recurrente de mujeres de todas las edades que andaban por las calles de Buenos Aires con un ejemplar de 'Cien años de soledad' en el mismo cesto en el que llevaban las compras del día.

La anécdota de Martínez hace referencia a junio de 1967, es decir, hace cincuenta años. La primera edición de la novela cumbre de Gabriel García Márquez había sido publicada el 5 de ese mes, y los diez mil ejemplares del tiraje inicial se agotaron en dos semanas.

Buenos lectores como han sido siempre los porteños, el nombre de Gabo debió surgir varias veces en las tertulias informales de los cafés de la calle Corrientes: y quizás fue allí mismo en donde se empezó a hablar del realismo mágico para bautizar el estilo particular del narrador de Aracataca, que se daba licencias como la de elevar a las mujeres por los aires, poner a conversar a los vivos con los muertos o permitir el nacimiento de niños con cola de marrano.

Ahora que los porteños han organizado una serie de actos para celebrar el medio siglo de 'Cien años de soledad', tal vez se conocen ya todas las historias que precedieron la publicación de la novela, y algunas de las cuales son casi tan fascinantes como la novela misma. Pero en los días fríos de aquel junio aún no sabían los primeros lectores de la obra, por ejemplo, que Gabo había empeñado el automóvil para que la familia viviera con ese dinero mientras la escribía. Que iba para Acapulco cuando tuvo la revelación del tono en el que quería contar la historia, y no dudó en dar media vuelta en la carretera para empezar a escribir cuanto antes.

Que para el envío del manuscrito a Buenos Aires tuvieron que reunir monedas de todos los bolsillos, y apenas alcanzó para mandar la mitad de la novela: y por error mandaron la segunda mitad. Que, después de haber conseguido que el casero y los tenderos le fiaran varios meses mientras su marido terminaba de escribir la novela, cuando por fin se la enviaron al editor Francisco Porrúa, Mercedes Barcha dijo algo así como “solo falta que sea mala”. Pero no solo no resultó mala, sino que fue aclamada por la crítica y se vendió –como decía el propio Gabo– como salchichas calientes.

Y, sin duda, partió en dos –y en buena hora– la historia de la literatura colombiana.

FERNANDO QUIROZ

Columnistas

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